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En Salto hay 88.350 motos registradas. Autos y camionetas son 44.076. Casi el doble de birrodados que de vehículos de cuatro ruedas. Ese dato del parque automotor departamental a noviembre de 2025 es el retrato de una ciudad que se mueve de una manera muy particular, con una exposición al riesgo que no tiene equivalente en Montevideo. Más todavía si sumamos la proliferación de monopatines y bicis eléctricas que todavía nadie termina de regular.

No es solo Salto. Apenas un tercio de todos los vehículos que circulan en Uruguay tienen la documentación al día. El problema vial uruguayo tiene mucho de informalidad estructural, donde mucha gente conduce sin licencia, sin seguro, sin casco. Acá empieza el rol de la educación.

El Departamento de Tránsito de la Intendencia de Salto lleva adelante un proyecto que cubre todos los niveles educativos, desde sala de 3 años hasta bachillerato. No es nueva la idea de enseñar seguridad vial en las escuelas. Lo que vale la pena mirar con atención es el diseño, que no se enfoca en una charla genérica sobre señales de tránsito, sino una progresión que arranca con un juego (el Semáforo Loco, donde los niños corren con el verde, caminan con el amarillo y se congelan con el rojo) y termina, en secundaria, con una discusión sobre normas jurídicas vigentes, consecuencias reales y el vínculo entre sustancias y conducción.

Ochocientos estudiantes por mes. Quinientos usuarios mensuales en los exámenes teóricos de licencia. Son números modestos frente a la escala del problema, pero indican que hay decisión para hacer este trabajo de hormiga, que por más costoso que sea, termina salvando vidas. Algo que está más allá de las estadísticas y el juego de suma cero. Vidas.

La educación vial tiene mala fama de ser aburrida. Y muchas veces suele serlo, porque se enseña (o se transmite) como si fuera el reglamento de un juego que nadie quiere jugar, donde el enemigo es el inspector escondido con su moto detrás de un árbol, esperándote. Este proyecto va por otro lado: el niño de 4 años que jugó al Semáforo Loco va a recordar, años después, lo que significa el rojo. No estrictamente porque se lo explicaron sino porque lo vivió en el patio de su jardín de infantes. Repetición, conocimiento adquirido, experiencia.

Eso importa en un departamento como Salto. Donde la moto es el vehículo del trabajador, del estudiante, de quien no puede acceder a un vehículo de mayor porte. Donde la exposición a la vía pública empieza temprano, expuestos muchas veces por la falta de infraestructura. Donde el riesgo no es abstracto sino diario, medible en las urgencias del hospital, las transmisiones en vivo de Facebook y en los avisos de los diarios.

Hay una dimensión política que merece nombrarse. Los proyectos de educación vial son de los que menos titulares generan y más tiempo tardan en mostrar resultados. No se pueden cortar cintas. No producen inauguraciones fotogénicas. También son los que primero se exigen después de que ocurren fatalidades. La continuidad de este tipo de iniciativas depende de que la sociedad entienda que construir cultura y hábitos lleva décadas, pero no hacerlo cuesta vidas.

Salto tiene 88.350 motos. Tiene también niños que aprenderán que el rojo significa parar, hábito que comienza a deteriorarse en la calle gracias a algunos infractores. Enseñemos lo que vale la pena proteger.

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