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Las muertes de personas en situación de calle ya no pueden ser presentadas como episodios aislados, inevitables o consecuencia exclusiva de dramas personales. Cada fallecimiento ocurrido en las frías madrugadas uruguayas constituye un golpe brutal a la conciencia colectiva y, sobre todo, una prueba irrefutable del fracaso del Estado en proteger a los más vulnerables. Las últimas noticias son dolorosas. Un hombre de 49 años murió luego de sufrir una descompensación y un paro cardiorrespiratorio. Se trata de la segunda persona fallecida en el marco de la alerta roja desplegada por el gobierno. Y detrás de esa noticia hay algo todavía más grave: la confirmación de que las medidas adoptadas llegan tarde, son insuficientes y no logran atacar el problema de fondo.

Entre fines de mayo y julio de 2025 se registraron al menos ocho muertes de personas en situación de calle en Uruguay. En lo que va del año ya se contabilizan al menos cuatro fallecimientos. Son cifras estremecedoras para un país pequeño, que históricamente se ha enorgullecido de su sensibilidad social y de un Estado protector. Sin embargo, hoy la realidad golpea con crudeza. Hay compatriotas muriendo a la intemperie mientras la burocracia discute protocolos, competencias y estadísticas.

Durante la primera noche de activación de la alerta roja, el Ministerio de Desarrollo Social recibió cerca de 500 solicitudes de ingreso a refugios. A ellas se sumaron las personas trasladadas compulsivamente por la Policía ante las bajas temperaturas extremas. Esa sola cifra debería haber encendido todas las alarmas. No se trata de un fenómeno marginal ni excepcional. Es una crisis humanitaria instalada a plena vista de todos.

El problema es que las respuestas gubernamentales han sido meramente paliativas. Abrir refugios de emergencia cuando el frío ya está matando personas es actuar sobre las consecuencias y no sobre las causas. El drama de quienes viven en la calle no comienza en invierno ni termina cuando suben las temperaturas. Detrás de cada historia hay pobreza, enfermedades mentales, adicciones, desempleo, abandono familiar y una enorme incapacidad estatal para brindar seguimiento, contención y reinserción real.

El gobierno insiste en destacar operativos y números de traslados, pero la ciudadanía percibe otra cosa. Percibe improvisación, desborde y falta de rumbo. Las encuestas reflejan un creciente rechazo a la gestión oficial porque la gente observa que, pese a los anuncios y conferencias de prensa, las personas siguen durmiendo en plazas, bajo techos improvisados o en veredas heladas. La sensación es la de un Estado que corre detrás de los hechos y que solo reacciona cuando ocurre una tragedia.

Y aquí aparece una verdad incómoda: la política ha normalizado la existencia de ciudadanos invisibles. Durante años se prometieron soluciones integrales, planes de rehabilitación, programas de vivienda y estrategias de inclusión. Pero la realidad demuestra que miles de uruguayos continúan atrapados en un círculo de exclusión del que nadie logra rescatarlos. Lo más grave es que la muerte termina convirtiéndose en noticia únicamente por unas horas, hasta que la rutina política y mediática vuelve a pasar página.

Una sociedad no se mide solamente por sus indicadores económicos ni por los discursos oficiales. Se mide, sobre todo, por la forma en que trata a quienes menos tienen. Y hoy Uruguay está fallando dolorosamente en esa prueba.

No alcanza con declaraciones de sensibilidad ni con protocolos de emergencia activados a último momento. Se necesita una política seria, permanente y humana. Porque mientras continúen muriendo personas en situación de calle, cualquier relato de éxito gubernamental quedará pulverizado por la realidad más cruel: la de compatriotas que fallecen solos, olvidados y expuestos al frío, en pleno siglo XXI.

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