Más subsidios ¿menos pobreza?
- Por Alexander Fagundez - Edil de la CORE
La pobreza infantil es la herida social más profunda que tiene el Uruguay. Ningún gobierno debería conformarse con administrarla, mucho menos con utilizarla como herramienta para exhibir mejores estadísticas. Sin embargo, la Rendición de Cuentas presentada por el gobierno nacional deja la incómoda sensación de que el objetivo principal no es transformar la realidad de los niños, sino mejorar los indicadores que luego serán presentados como un éxito de gestión.
La decisión de unificar las prestaciones sociales y aumentar las transferencias para los hogares con niños pequeños puede aliviar necesidades inmediatas. Sería mezquino negarlo. Pero también sería ingenuo creer que depositar más dinero en una cuenta equivale a sacar a una familia de la pobreza. La pobreza no se reduce únicamente porque aumente el ingreso declarado del hogar. Se supera cuando existen empleo estable, educación de calidad, vivienda digna, acceso a la salud, saneamiento, seguridad y oportunidades reales de movilidad social. Nada de eso aparece garantizado en esta reforma.
El gobierno anuncia una inversión millonaria y proyecta una importante reducción de la pobreza infantil. La explicación es sencilla: como el Instituto Nacional de Estadística mide la pobreza por ingresos, al aumentar las transferencias muchos hogares superarán automáticamente la línea de pobreza. El indicador mejorará de inmediato.
Pero la realidad no.
El niño seguirá viviendo en el mismo asentamiento, asistiendo a la misma escuela con las mismas dificultades, creciendo en un hogar donde muchas veces el desempleo, la informalidad y la exclusión continúan intactos. Cambia la planilla estadística; no necesariamente cambia su futuro.
Ese es el gran riesgo de las políticas públicas diseñadas para producir resultados rápidos en los indicadores. Se combate el síntoma, pero no la enfermedad.
Más preocupante aún resulta la filosofía que parece inspirar esta propuesta. Una vez más, el Estado responde ampliando las transferencias económicas sin construir un verdadero camino hacia la autonomía de las familias. Se fortalece la asistencia, pero no la generación de capacidades. Se incrementa el subsidio, pero no aparecen con la misma intensidad políticas que impulsen empleo, formación, responsabilidad compartida e inserción laboral.
La asistencia social debe existir. Es una obligación moral de cualquier sociedad proteger a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad extrema. Pero cuando la principal respuesta consiste en entregar recursos económicos sin atacar las causas que generan esa dependencia, el riesgo es transformar una herramienta de emergencia en un modelo permanente de administración de la pobreza.
Uruguay necesita mucho más que transferencias monetarias. Necesita una economía que vuelva a crecer, inversión privada, generación de empleo, políticas de primera infancia articuladas con educación y salud, recuperación de los barrios más vulnerables y un Estado que acompañe para que las familias puedan salir definitivamente de la pobreza, no simplemente convivir con ella.
La paradoja política resulta evidente. Mientras el gobierno sostiene que las restricciones fiscales impiden atender múltiples demandas presupuestales, encuentra margen para expandir un sistema que mejora rápidamente los indicadores oficiales, pero cuyos efectos estructurales son, como mínimo, discutibles. La pregunta inevitable es si estamos frente a una verdadera estrategia para romper el ciclo de la pobreza o ante una política diseñada para mostrar mejores números en el corto plazo.
La infancia merece mucho más que un cambio metodológico en las estadísticas. Merece políticas que transformen destinos, no balances contables. Porque gobernar no consiste en mover personas de una categoría estadística a otra. Gobernar significa crear las condiciones para que algún día esas familias ya no necesiten subsidios para vivir con dignidad.
Y esa diferencia, aunque incomode al discurso oficial, separa una política social transformadora de una política que simplemente administra la pobreza.