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Una parte del pueblo uruguayo llega a esa conclusión. Escuchan a una oposición que dice que todo lo que hace el oficialismo está mal, y a un oficialismo que dice que toda la oposición está mal. Posturas lógicas, estando en desacuerdo, unos gobernando y otros controlando. Pero polarizado al extremo ya poco sentido tiene, porque dejamos de escucharnos. La conclusión termina siendo que todo está mal, que estamos mal. Eso resuena.

Existe ese ambiente, al menos yo puedo sentirlo. Me apena y me preocupa porque somos capaces de más. Adoro los discursos pro-democracia, no hay sistema de gobierno más adecuado, pero defenderla requiere más que lindas palabras. Requiere acción, hechos, ética de la responsabilidad. Todo acto tiene consecuencias.

Esto está fuertemente relacionado con la crisis de representatividad, potenciada por las redes sociales y esa curiosa idea de que uno, por sí solo, interfiere en los gobiernos con un posteo. Uno elige sus representantes, a ellos hay que exigirles, y si no cumplen, se cambia el voto. Pero cada vez son menos las personas que se sienten representadas por quienes votan, y eso genera un cortocircuito en una democracia que por definición es representativa. Solo los núcleos duros se identifican, no esa militancia silenciosa o cautelosa que existió toda la vida. Este problema atraviesa otros ámbitos como el sindicalismo y el periodismo. Al fútbol todavía no llegó, pero todo puede pasar.

Nos hemos dormido en halagos. Tenemos una democracia ejemplar, pero eso no puede cegarnos ante las fracturas que tiene. Hubo un tiempo en que acá se decía lo mismo, que no iba a pasar nada, que éramos un oasis. Sin embargo, al poco tiempo hubo tal desestabilización que quienes ganaron a la sedición creyeron que podían gobernar sin estar subordinados. Esto no pasa de un día para otro. Si nos vamos en temas banales u oscuros, otras cosas, paralelas, se van gestando. Una ruleta rusa. Un tiro que nunca sabemos cuándo va a salir, ni por dónde.

El slogan del diario The Washington Post es ‘‘la democracia muere en la oscuridad’’. Y a veces se nota un ambiente tempestuoso, confuso. Una desconexión entre la clase política y el pueblo, materializado en ‘‘son todos iguales’’. ¿Esperando un mesías? Tomen en cuenta que Milei no fue lo que dijo ser, basta con abrir varios diarios argentinos. Parece que estoy pesimista, pero hay algo de esto. La democracia no es solo votar cada cinco años, es más.

Cuidar la democracia no significa no tener diferencias. La pluralidad es una de sus fuentes. Si fuéramos todos iguales no tendría sentido. Pero cuando todo es gritos, todo es blanco o negro, cuando si no estás conmigo, sos un traidor, cuando quiero que tengas una opinión, pero solo para que sea igual a la mía, ahí hay un problema.

Los algoritmos y sus cámaras de eco poco ayudan porque tienden a validar lo que uno ya cree. Un sesgo. Algo parecido ocurre con ciertos usos de la inteligencia artificial generativa, que también tiende a validar lo que le decimos. No me opongo, pero hay que ser críticos con su funcionamiento y los intereses detrás.

La modernización de nuestra democracia y de nuestras instituciones es urgente. Puede generar resquemor, pero hay que ir hacia algún lado, porque si no, el tiempo se las come. Sus tiempos, sus promesas, su credibilidad, su eficiencia. Hay que hablar el idioma de los fenómenos que acechan al mundo, no quedar afuera.

No podemos perdernos en este mundo en conflicto. No podemos perder la democracia por no saber comprender a nuestra propia gente. Y perderla no significa una dictadura como la que conocimos, sino el paso gradual a una ‘‘democracia iliberal’’ que distorsione lo que conocemos y asfixie derechos bajo el pretexto de ser democracia. En fin, tampoco podemos carecer de una visión política sobre dónde va el país. Soy optimista. Pero ser optimista sin accionar es otra forma de dormirse.

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