Monopoly, Remando y el juego oriental
- Por Dr. Pedro Bordaberry, senador de la República
El Monopoly es un juego de mesa. Nació en Estados Unidos. Como tantas cosas nacidas allí, conquistó el mundo. Es uno de los juegos más vendidos de la historia y dice más de lo que aparenta. El objetivo es simple y brutal: formar un monopolio, quedarse con todas las propiedades, cobrarle a los demás y llevarlos, si es posible, a la bancarrota. Capitalismo destilado en cartón, dados y billetes de colores.
Los jugadores avanzan según la suerte de los dados, compran propiedades si caen en ellas y pagan peaje si la casilla tiene dueño. No hay sorpresas: el que acumula, gana; el que se queda sin liquidez, pierde. El mensaje es claro y sin culpa.
Estos juegos suelen reflejar, con notable sinceridad, la sociedad que los vio nacer. Estados Unidos es capitalista y competitivo. El Monopoly lo refleja con una honestidad brutal.
En Argentina se popularizó recientemente otro juego de mesa: Remando en Dulce de Leche. Tiene dados, tablero y dinero inicial, como el Monopoly, pero ahí se terminan las coincidencias. El objetivo no es ganar acumulando, sino sobrevivir sin caer, o cayendo menos que los demás, en la indigencia. Hay cuatro zonas: indigencia, clase baja, clase media y clase alta. Gana el que llega al final del recorrido o el único que queda en pie cuando todos los demás ya cayeron al fondo.
Durante el juego pueden ocurrir cosas conocidas: una nueva ley de alquileres que castiga al que se compró una casa; un piquete que te hace perder turnos; impuestos inesperados; robos; burocracia que te obliga a retroceder. También existen comodines: el político corrupto, el pibe chorro, la puntera. Estos no te ayudan a avanzar, pero hacen retroceder a los demás.
El juego genera una duda permanente: ¿conviene comprar una casa o es mejor no tener nada para que no te lo quiten? ¿Ahorrar o gastar rápido antes de que te roben? Es un juego angustiante. Como el Monopoly, describe una realidad. Solo que una más triste.
Todo esto me hizo pensar cómo sería un juego de mesa uruguayo. Qué obstáculos debería enfrentar un oriental promedio si la vida viniera en versión de cartón y dados.
Para empezar, cuando consigue un buen trabajo, debe mirar con atención las franjas del IRPF. Puede aparecer un casillero que diga: “Cambio de criterio. Paga más”. Retroceda dos.
Si pensaba hacer horas extras o tener un segundo trabajo y supera los 130 mil pesos, aparece el Fonasa. Le cobran de más y no se lo devuelven. Cayó en el casillero de los decretos de fin de año.
Sus ingresos se pueden ver afectados si cae en el casillero “Aumento de fin de año de OSE”. Retroceda tres.
Comprar un vehículo no es una decisión sencilla. El tránsito puede hacerlo llegar tarde al trabajo si va en bus. Pero peor es caer en el casillero de las multas que se cobran con la patente.
La inseguridad merece casillero propio: “Le entraron en la casa y se la desvalijaron”. Retroceda diez.
Si es emprendedor y cae en el casillero que indica que necesita trámites en el Estado, pierde tres turnos. Con la burocracia no se juega.
Si exporta, la demora en reaccionar ante la baja del dólar lo manda veinte casilleros atrás.
Si es un inversor extranjero, cuidado: puede caer en el casillero donde el PIT-CNT, un exministro de Economía del FA y el intendente de Montevideo proponen nuevos impuestos “al que más tiene”. Vuelva al inicio.
El mayor desafío sería representar nuestro obstáculo nacional por excelencia: la lentitud. Tal vez la solución sea obligar a cada jugador a tirar tres veces los dados y quedarse siempre con el número más bajo. Así el juego avanzaría despacio como la vida misma en Uruguay.
Porque acá no se pierde del todo. Pero ganar, ganar...