¿Quién escucha el malestar de la gente?
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Por Pedro Rodríguez
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Más allá de los números, de las encuestas y de los discursos oficiales, hay algo que se percibe en la calle. Se escucha en el almacén, en la parada del ómnibus, en los lugares de trabajo y hasta en las reuniones familiares. Es una sensación de desencanto. Muchos uruguayos votaron con esperanza. Esperaban cambios, soluciones y respuestas a problemas que vienen de hace años. Sin embargo, a más de un año de gobierno, existe una parte importante de la población que siente que las cosas avanzan demasiado lento o que directamente no avanzan. No se trata solamente de la economía. La preocupación pasa por la seguridad, por el empleo, por la pobreza infantil, por la salud y por la falta de respuestas concretas a situaciones que afectan la vida diaria de la gente.
En una carta pública, Esteban Valenti expresó una preocupación que comparten muchos ciudadanos, incluso algunos que apoyaron al actual gobierno. Señaló que no alcanza con tener buenas intenciones si después faltan decisiones firmes, capacidad de reacción y una lectura clara de la realidad. Es una crítica dura, pero que merece ser escuchada. Porque cuando los problemas se acumulan y las soluciones no llegan, la ciudadanía comienza a perder la paciencia. Y cuando aparece la frustración, crece la distancia entre los gobernantes y la gente.
Sería un error cargar toda la responsabilidad sobre una sola persona. El presidente es quien conduce el gobierno y naturalmente debe asumir la mayor responsabilidad política, pero también existe un equipo de gobierno, ministros, organismos públicos y dirigentes que tienen obligaciones concretas. Muchas veces las decisiones se demoran, los conflictos internos ocupan más espacio que los problemas de la población y las discusiones por cargos terminan alejando a la política de las necesidades reales de los ciudadanos. La gente no está pendiente de las peleas de despacho. La gente quiere resultados.
La responsabilidad tampoco es exclusiva del gobierno. La oposición tiene el derecho de controlar, cuestionar y denunciar cuando lo considere necesario. Pero también tiene la obligación de aportar propuestas y actuar con responsabilidad. Cuando el debate político se transforma solamente en confrontación permanente, quienes terminan perdiendo somos los ciudadanos. Nuestro país necesita una oposición firme, pero también constructiva.
La historia política uruguaya demuestra que ningún gobierno es invencible y que ningún partido tiene el apoyo garantizado para siempre. Cuando la ciudadanía siente que no es escuchada, busca alternativas. Y cuando el malestar se instala durante mucho tiempo, las consecuencias suelen reflejarse en las urnas.
Quizás el principal mensaje que surge de esta discusión es que todavía hay tiempo para corregir errores. Pero para hacerlo se necesita autocrítica, capacidad de escuchar y, sobre todo, voluntad de actuar. Porque los uruguayos no esperan discursos perfectos. Esperan soluciones. Y esa sigue siendo la gran deuda de toda la clase política.