Regular la vivienda sin expulsar a quienes más la necesitan
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Por Jorge Pignataro
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jpignataro@laprensa.com.uy
En el debate sobre el acceso a la vivienda, las buenas intenciones suelen ocupar el centro de la escena. Nadie discute que vivir en condiciones dignas es un derecho básico, ni que el Estado tiene un rol que cumplir en la mejora de la calidad habitacional. Sin embargo, no toda intervención bienintencionada termina generando resultados positivos. A veces ocurre exactamente lo contrario. En los últimos días volvió a instalarse una propuesta que apunta a elevar los estándares mínimos de las viviendas nuevas, estableciendo requisitos de superficie y distribución interna que, en los hechos, dejarían fuera del mercado a los apartamentos de ambiente único. La idea, presentada como una forma de garantizar mejores condiciones de vida, merece una discusión más profunda sobre sus consecuencias reales.
El problema no es el objetivo, sino el camino elegido. Cuando se fijan restricciones rígidas sobre qué tipo de vivienda puede construirse, se corre el riesgo de reducir la oferta disponible. Y cuando la oferta disminuye en un mercado donde la demanda se mantiene —o incluso crece—, el resultado es bastante previsible: los precios suben.
Hoy, los monoambientes cumplen una función concreta dentro del ecosistema urbano. Son, en muchos casos, la puerta de entrada al mercado de alquiler para estudiantes, jóvenes trabajadores, personas solas o incluso adultos mayores que buscan reducir gastos. No son la solución ideal para todos, pero sí representan una alternativa posible para quienes no pueden —o no quieren— afrontar el costo de unidades más grandes.
Eliminar esa opción implica, de forma directa, elevar el piso de acceso. Quien antes podía alquilar una unidad pequeña y relativamente accesible, deberá competir por opciones más caras. Esa presión adicional sobre los apartamentos de un dormitorio no solo encarece ese segmento, sino que genera un efecto dominó que puede trasladarse a todo el mercado.
En este punto conviene recordar algo básico: el mercado inmobiliario no es un tablero que pueda reconfigurarse por decreto sin efectos colaterales. Cada tipología de vivienda cumple un rol específico. Quitar una pieza no mejora necesariamente el conjunto; muchas veces lo desestabiliza.
Además, existe un aspecto social que no puede ignorarse. Las políticas públicas deberían ampliar oportunidades, no reducirlas. Si la consecuencia de una regulación es dejar afuera a quienes tienen menos margen económico, entonces el problema no es solo técnico, sino profundamente injusto.
Por supuesto, esto no significa resignarse a cualquier estándar de construcción. Es razonable exigir condiciones mínimas de habitabilidad: buena ventilación, iluminación adecuada, materiales de calidad. También es válido promover diseños que favorezcan el bienestar. Pero hay una diferencia sustancial entre mejorar estándares y eliminar opciones.
Las ciudades modernas son, por definición, diversas. Esa diversidad también debe reflejarse en la oferta habitacional. Pretender que todas las personas vivan bajo un mismo modelo responde más a una lógica normativa que a la complejidad de la vida real.
En lugar de prohibir, el desafío pasa por regular con inteligencia. Ajustar criterios técnicos, incentivar buenas prácticas constructivas y fomentar proyectos que integren calidad y accesibilidad parece un camino más sensato. No todo se resuelve con una restricción.
El acceso a la vivienda es un problema complejo, que exige respuestas equilibradas. Cuando se opta por soluciones simplistas, el riesgo es terminar agravando aquello que se buscaba resolver. Y en este caso, quienes pagarían el costo serían, una vez más, los sectores con menos opciones.
Porque en materia de vivienda, como en tantos otros ámbitos, cerrar puertas rara vez es el mejor modo de abrir oportunidades.