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Hay temas que incomodan. Temas que raspan, que duelen y que muchos prefieren esquivar para no pagar costos políticos. Este es uno de ellos. Un asunto sensible, incluso escabroso, pero absolutamente necesario de poner sobre la mesa, porque detrás no hay números fríos ni expedientes: hay familias salteñas, hay sueños postergados, hay angustia, incertidumbre y, también, pérdidas económicas concretas.

Durante años —diez, para ser más precisos— el FA y el ya conocido clan Lima jugaron con las expectativas de cientos de salteños. No es una acusación liviana ni antojadiza: es una realidad que hoy estamos pagando como sociedad. Prometieron trabajo seguro, prometieron vivienda digna y, en ese camino, fomentaron la creación de múltiples cooperativas de vivienda a las que se les otorgaron terrenos públicos para construir sus hogares. Hicieron promesas vacías, asumieron compromisos que sabían que no iban a cumplir. En pocas palabras, engañaron a miles de salteños y se burlaron de sus expectativas, traicionando la confianza que depositaron en ellos.

No hace falta ser ingenuos para entender que nada de eso fue inocente. Todo ese andamiaje se montó con una finalidad espuria: mantener cautivos a muchos vecinos, transformarlos en rehenes políticos, obligarlos a militar en filas del FA y asegurar un caudal electoral firme para las elecciones departamentales.

Una práctica repudiable, antiética, inmoral y, en muchos casos, claramente ilegal. Un accionar que debería ser investigado por la Justicia penal, atribuyendo responsabilidades y aplicando las sanciones que correspondan a quien corresponda.

Ahora bien, señalar y condenar ese pasado no alcanza. Porque más allá de la intencionalidad política de quienes gobernaron mal, hubo y hay salteños de carne y hueso que vieron en esas cooperativas una posibilidad real de cumplir el sueño de la casa propia.
Familias que confiaron, que invirtieron lo poco o mucho que tenían, que comenzaron construcciones, que compraron materiales con sacrificio, privaciones y esfuerzo.

Hoy, esas mismas familias están en vilo. Están sobre ascuas. Sin respuestas claras. Sin certezas. Y el tiempo, en estos casos, no es neutro: juega en contra. Materiales que se arruinan, que se pierden, dinero que no vuelve, proyectos que se congelan. La incertidumbre también tiene un costo emocional enorme, que no siempre se ve pero que se siente todos los días.

Es cierto: esta situación es una herencia maldita de casi dos décadas de una paupérrima gestión del FA y del clan Lima. Pero hoy el escenario es otro. Hoy la CORE es gobierno. Y no es gobierno de algunos: es gobierno de todos los salteños, sin distinción de banderas, militancias o votos.

El gobierno departamental encabezado por el Dr. Albisu ha dado, hasta ahora, claras señales de voluntad para atender los problemas reales de la gente y dar respuestas concretas. Lo digo con conocimiento de causa, pues cada vez que he trasladado reclamos vecinales a las distintas direcciones requiriendo su intervención, la respuesta fue rápida y efectiva. Eso habla bien de una forma distinta de gobernar.
Sin embargo, en este tema puntual —tan delicado y tan urgente— las definiciones están demorando más de lo deseable. Y aquí es donde debemos ser claros: la ciudadanía depositó su confianza en este gobierno para cambiar las cosas, no para heredar silencios ni dilaciones. No podemos permitir que quienes ya fueron utilizados políticamente vuelvan a ser rehenes, esta vez de la indefinición. Los engaños del FA tuvieron un alto costo para Salto y los Salteños, no podemos permitirnos cometer los mismos y deplorables actos dándole la espalda a la ciudadanía que reclama respuestas.

Es imprescindible que el gobierno dé una respuesta. Sea positiva o negativa, pero una respuesta al fin. Lo que no podemos hacer es seguir estirando los plazos y obligar a cientos de salteños a vivir en la incertidumbre permanente.

La casa propia no es un lujo: es un derecho y un anhelo profundo. No podemos permitir que el mal juego del FA siga afectando a miles de vecinos. Nos votaron para dar soluciones. No podemos, ni debemos, defraudar esa confianza.

Y solo encarezco una cosa a los salteños: cuando llegue el momento, recuerden quién es quién. En Salto, nunca más FA.

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