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El mundo del comercio y de la inversión internacional está cambiando a una velocidad que obliga a los países a revisar permanentemente sus estrategias. Las ventajas competitivas tradicionales, aquellas que durante décadas parecían suficientes para conquistar mercados, ya no garantizan nada. Producir bien, tener buenos recursos naturales o contar con costos razonables sigue siendo importante, pero está lejos de alcanzar.

Desde 1845, el mundo ha atravesado sucesivas olas de innovación, cada una apoyada en una nueva plataforma tecnológica. Sin embargo, esas etapas son cada vez más cortas, porque el cambio tecnológico se acelera. Desde aproximadamente 2020 vivimos una nueva ola, marcada por la inteligencia artificial, internet, los robots, los drones, el Big Data y las tecnologías limpias. Y todo esto está modificando profundamente las reglas de la competitividad.

Las grandes empresas ya no venden solamente productos. También venden tecnología, conocimiento y, cada vez más, estándares. Esos estándares terminan condicionando a productores, industrias y países que quieran participar en los mercados más exigentes.

Las cadenas globales de valor, además, dejaron de ser simples cadenas. Hoy funcionan como verdaderos ecosistemas: redes de empresas, proveedores, inversores y socios que intercambian información, cooperan, innovan y construyen relaciones de largo plazo. En ese escenario, la confianza se transforma en un activo tan importante como la calidad de un producto.

Para Uruguay, esta realidad debe ser una advertencia y, al mismo tiempo, una oportunidad. Nuestro país posee un capital que no se puede medir solamente en dólares: su prestigio internacional. Uruguay ha construido durante décadas una imagen de país serio, estable, confiable, respetuoso de las reglas y capaz de cumplir sus compromisos.

Ese prestigio es una ventaja enorme, pero también frágil. Puede llevar años, incluso generaciones, construirlo, y bastan algunos incumplimientos, descuidos o episodios graves para ponerlo en riesgo.

Por eso, cuando Uruguay exporta, no solamente sale del país un contenedor de carne, citrus, arroz, soja, lácteos o cualquier otro producto. También viaja detrás de esa mercadería el nombre del Uruguay. Y cada exportación debe cumplir estrictamente con aquello que fue acordado, tanto en materia de calidad como de sanidad, trazabilidad, seguridad y condiciones comerciales.

El reciente cierre del mercado chino para el poderoso Frigorífico Tacuarembó, a raíz de la detección de carne con residuos de productos veterinarios por encima de los parámetros admitidos, debe ser tomado como una señal de alerta. Más allá de las responsabilidades concretas y de las medidas del caso, el episodio demuestra hasta qué punto los mercados internacionales actuales son exigentes y cuánto puede costar un incumplimiento.

China no es un mercado menor. Es una potencia económica y uno de los principales destinos para las exportaciones uruguayas. Perder, aunque sea temporalmente, la posibilidad de vender en un mercado de esa magnitud constituye un golpe importante para cualquier empresa. Pero también deja una enseñanza para todo el sector exportador: ningún volumen de producción, ninguna trayectoria empresarial y ningún poder económico garantizan inmunidad frente al incumplimiento de los estándares exigidos.

La nueva competitividad internacional exige estrategia, conocimiento, tecnología, innovación, capacidad de organización, activos estratégicos y redes de cooperación. Pero entre todos esos atributos hay uno que merece especial atención: la reputación.

Hoy no alcanza con decir que somos confiables. Hay que demostrarlo en cada operación. La reputación se construye cumpliendo. Cumpliendo los contratos, las normas sanitarias, los requisitos técnicos y los plazos establecidos.

La tecnología seguirá transformando el comercio. Los productos cambiarán. Los mercados también. Pero hay una regla que no pierde vigencia: quien promete y cumple construye confianza; quien falla, arriesga mucho más que una venta. Y para un país pequeño como Uruguay, donde cada mercado ganado vale y cada puerta que se cierra puede costar años volver a abrir, cuidar el prestigio nacional no es una opción. Es una obligación permanente.

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