Carta del lector /
Reflexiones ante un cercano inicio de clases
La educación dejó de ser un compromiso compartido entre familia, escuela y sociedad para transformarse en una opción más dentro de un menú de comodidades. El esfuerzo, la constancia y la disciplina parecen valores antiguos, incómodos, hasta antipáticos. ¿En qué momento dejamos de pensar la escuela como el espacio donde se aprende no solo contenidos, sino hábitos, responsabilidades y sentido de pertenencia?
No existe hoy un proyecto claro que apunte a unir, a juntar voluntades, a educar para que el esfuerzo tenga un sentido y pueda ser luego coronado con la satisfacción del logro. Se transmite, en cambio, la idea de que estudiar no es indispensable, que el mérito es relativo y que, en última instancia, el Estado siempre estará para sostener, suplir o reemplazar.
A esto se suma una discusión de fondo que suele esquivarse: el rol del Estado en la currícula educativa. Cuando la educación se transforma en herramienta de adoctrinamiento y de imposición de una visión cultural hegemónica, el resultado no es pensamiento crítico, sino conformismo. Durante años se ha instalado una mentalidad estatista que desalienta la superación personal y refuerza la dependencia.
Ya existe una generación de padres que creció bajo estos preceptos y que, consciente o inconscientemente, los transmite a sus hijos. Las consecuencias no serán inmediatas, pero sí profundas. Preparémonos para dentro de quince años, cuando el costo social, cultural y económico de esta crisis educativa deje de ser una advertencia y se convierta en realidad. Madre-Docente de los de antes