Dos fechas que cambiaron el rumbo de la libertad
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Por Leonardo Vinci
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La historia de la humanidad registra acontecimientos que trascienden las fronteras de los países donde ocurrieron para convertirse en patrimonio moral de todos los pueblos. El 4 y el 14 de julio constituyen dos de esas fechas excepcionales. La primera recuerda la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, en 1776; la segunda conmemora la toma de la Bastilla, en 1789, símbolo del inicio de la Revolución Francesa. Ambas representan un punto de inflexión en la consolidación de los ideales de libertad, igualdad ante la ley y soberanía popular que hoy sustentan a las democracias modernas.
LOS ESTADOS UNIDOS
El 4 de julio marcó el nacimiento de una nación edificada sobre un principio revolucionario para su tiempo: que todos los hombres nacen con derechos inalienables y que los gobiernos derivan su legitimidad del consentimiento de los gobernados. Aquella declaración no solo dio origen a los Estados Unidos; inauguró una nueva concepción del poder político, según la cual ninguna autoridad está por encima de los derechos fundamentales de las personas. Desde entonces, la defensa de las libertades individuales, la división de poderes y el gobierno representativo pasaron a formar parte del ideario democrático occidental.
FRANCIA
Pocos años después, el 14 de julio abrió otro capítulo decisivo de la historia universal. La caída de la Bastilla simbolizó el derrumbe del absolutismo y el rechazo a un sistema basado en los privilegios de nacimiento y la concentración del poder. De la Revolución Francesa surgieron principios que aún hoy mantienen plena vigencia: la igualdad jurídica, la ciudadanía como fuente de legitimidad política y la convicción de que la libertad constituye un derecho inherente a toda persona y no una concesión graciosa de los gobernantes.
Ambos acontecimientos inspiraron movimientos emancipadores en distintos continentes y sembraron las bases filosóficas e institucionales de los Estados constitucionales contemporáneos. Las democracias no nacieron por casualidad ni fueron el fruto espontáneo del paso del tiempo. Fueron conquistadas mediante largas luchas contra el autoritarismo, la arbitrariedad y la negación de los derechos humanos.
URUGUAY
Uruguay no permaneció ajeno a esa corriente histórica. Desde los albores de la República abrazó los valores republicanos y democráticos que provenían de aquellas grandes transformaciones del siglo XVIII. La vigencia de una Constitución, la independencia de los poderes del Estado, el sufragio, las libertades públicas y el respeto a la ley constituyen expresiones concretas de ese legado que hemos sabido preservar a lo largo de nuestra historia, aun atravesando períodos particularmente difíciles.
Precisamente por haber padecido la dolorosa experiencia de la dictadura, los uruguayos comprendemos mejor que nadie el verdadero significado de la democracia. Solo quien ha conocido la censura, la proscripción, las detenciones arbitrarias y la supresión de las libertades puede valorar plenamente el inmenso privilegio de vivir bajo un régimen de derecho, donde las diferencias políticas se resuelven mediante el voto y no por la imposición de la fuerza.
COINCIDENCIAS
Resulta especialmente alentador comprobar que dirigentes de todo el espectro político han coincidido en reivindicar el valor de la democracia como patrimonio común de los uruguayos. Más allá de las legítimas discrepancias ideológicas, existe una convicción compartida: nunca más el país debe apartarse del camino institucional ni aceptar soluciones incompatibles con las libertades públicas y los derechos fundamentales. Ese consenso constituye una de las mayores fortalezas de nuestra República. La democracia no exige uniformidad de pensamiento; por el contrario, se nutre del pluralismo, del debate respetuoso y de la alternancia pacífica en el ejercicio del poder.
LIBERTAD Y DEMOCRACIA
Al recordar el 4 y el 14 de julio, no evocamos únicamente dos episodios gloriosos de la historia de Estados Unidos y de Francia. Rendimos homenaje a principios universales que también forman parte de nuestra identidad nacional. Son esos ideales los que iluminan el presente y continúan señalando el camino hacia un futuro donde la libertad, la democracia y el respeto por la dignidad humana permanezcan como los pilares irrenunciables de nuestra convivencia.