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El Lic. en Psicología Néstor Chiriff participó días pasados en la cuarta mesa de Salud Mental, en el marco de la elaboración del diagnóstico para el Plan Departamental de Salud Mental, instancia en la que compartió su experiencia de trabajo en contextos de encierro.

En ese ámbito, sostuvo que en escenarios donde la privación de libertad suele implicar también el silenciamiento de la voz y la identidad, el teatro emerge como una herramienta inesperada pero profundamente transformadora. Chiriff psicólogo, educador social y actor integra estas disciplinas en el Programa Nacional de Educación en Cárceles. Desde 2020, su labor en el Instituto Nacional de Rehabilitación (INR) propone abrir una “rendija” simbólica en el encierro, un espacio por donde entra la luz, pero también desde donde pueden salir nuevas formas de expresión. El proyecto, desarrollado junto a su compañera Eva, se define como un “espacio de emancipación personal en contexto de encierro”. La metáfora de la rendija sintetiza su esencia: generar un intercambio entre el adentro y el afuera, entre las vivencias de las personas privadas de libertad y las posibilidades de reconstrucción a través del arte. En un entorno donde las limitaciones no son solo físicas, sino también emocionales y simbólicas, la propuesta se posiciona como una intervención directa en salud mental.

El teatro del oprimido, de la pasividad a la acción

La propuesta se basa en el “teatro del oprimido”, una corriente creada por el brasileño Augusto Boal, en diálogo con la pedagogía de Paulo Freire. Este enfoque busca que las personas reconozcan las opresiones que atraviesan y ensayen formas de transformarlas. En este contexto, una opresión se entiende como cualquier situación en la que alguien ve impedida su capacidad de ser o hacer. A través de dinámicas teatrales, los participantes representan situaciones reales de sus vidas sin necesidad de exponer identidades concretas. Luego, estas escenas se abren a un foro en el que los espectadores dejan de ser pasivos para convertirse en “espectactores”: intervienen, proponen alternativas y ensayan posibles salidas a los conflictos representados. Este proceso rompe con la naturalización de la opresión. “Quien está dentro muchas veces no ve alternativas”, explica Chiriff. El teatro, entonces, funciona como un ensayo para la vida real, donde se exploran nuevas formas de actuar frente a situaciones complejas.

Reconstruir la identidad más allá del delito

Algo importante del proyecto se da en la autoestima de los participantes. En lugar de ser definidos exclusivamente por su condición de reclusos, pasan a ocupar el rol de actores, creadores y compañeros. Este cambio de perspectiva resulta clave: el aplauso reemplaza a la condena social, y la creación colectiva abre un nuevo horizonte de sentido. “El objetivo no es terapéutico en sí mismo, sino educativo”. Sin embargo, los efectos en la salud mental son evidentes. La posibilidad de expresarse, de imaginar y de construir colectivamente genera una transformación profunda. Se trata de una intervención indirecta pero potente, que actúa sobre la identidad y la percepción de uno mismo. En este sentido, el trabajo también cuestiona etiquetas arraigadas. “No sos preso, estás preso”, es una de las ideas que se repiten en el espacio. La diferencia no es menor, implica reconocer que la situación actual no define la totalidad de la persona ni su futuro.

La imaginación como herramienta de cambio

El componente artístico aporta una dimensión fundamental: la posibilidad de imaginar. En el teatro, un aula puede convertirse en un desierto o en la luna. Esa plasticidad permite a los participantes ensayar nuevas formas de ver el mundo y, eventualmente, de habitarlo. Este ejercicio creativo no es trivial. Según el equipo, muchas de las decisiones que llevaron a estas personas a la cárcel están vinculadas a formas limitadas de percibir la realidad. El arte, entonces, amplía ese horizonte y abre la puerta a otras posibilidades de acción. Los resultados, aunque difíciles de medir en términos tradicionales, se manifiestan en experiencias concretas. “Por un momento me olvidé que estaba acá”, le dijo uno de los participantes a Chiriff. Para el equipo, ese instante justifica todo el trabajo.

Una estrategia de salud mental y prevención

Más allá de lo individual, el proyecto se plantea como una estrategia de prevención. Al ofrecer herramientas simbólicas y emocionales, el teatro contribuye a reducir la reincidencia y a fortalecer procesos de reintegración social. El enfoque subraya la importancia del diálogo horizontal. No se trata de imponer conocimientos, sino de generar un encuentro de saberes donde cada participante aporta su experiencia. En ese intercambio, el sujeto ocupa el centro y se convierte en motor de transformación. La iniciativa cuenta con el respaldo de las autoridades de la unidad, lo que evidencia un compromiso institucional creciente con este tipo de propuestas. En un sistema donde las respuestas suelen ser punitivas, el arte se posiciona como una alternativa que no solo contiene, sino que también transforma. Como señala una frase del poeta y cineasta César González, “No hay peor lugar que la mirada del otro”. Cambiar esa mirada y la propia es, el desafío que este proyecto asume cada día dentro de las cárceles.

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