Carta de los lectores /
Indignación nacional: ¿Desde cuándo se controla a los millonarios?
- Ciudadano preocupado
Sr. Director, agradezco publique las siguientes líneas en su prestigioso diario: Uruguay- y Salto muy especialmente- atraviesa una crisis institucional gravísima. Una de esas que marcan un antes y un después en la historia republicana. Una herida profunda a la democracia, al sentido común y, sobre todo, al privilegio hereditario del “¿usted no sabe quién soy yo?”. Porque, sinceramente: ¿a quién se le ocurre detener a un millonario en un control de tránsito? ¿En qué manual de convivencia social figura que una persona con varias empresas deba soplar una espirometría igual que cualquier mortal que paga el boleto con monedas y mira ofertas de arroz en el supermercado? Hay límites. La igualdad ante la ley está muy bien para los discursos escolares y los actos patrios, pero tampoco vamos a exagerar.
Según trascendió, un empresario salteño fue detenido durante un operativo de tránsito tras negarse presuntamente a realizar un control de alcoholemia y protagonizar un intercambio algo “tenso” con inspectores y policías. “Tenso”, en este caso, significa recordarles a todos que él es millonario y ellos no. Y la verdad: tiene un punto. Porque uno puede entender que a un ciudadano común le pidan documentos. Incluso que le revisen la libreta. Pero a un empresario exitoso, propietario de un boliche y además un profesional… ¿también? ¿No hay acaso una fila VIP para la ley? ¿No existe una app premium donde uno paga una membresía y automáticamente queda exonerado de controles, multas y consecuencias judiciales?
La escena debió haber sido grotesca. Inspectores de tránsito acercándose a un vehículo creyendo que tenían autoridad. Pidiéndole documentos a alguien con empresas. Solicitando una espirometría a una persona que probablemente conoce la palabra “patrimonio” en varios idiomas. Un disparate republicano. Lo más alarmante es que, según se informó, el empresario habría pronunciado frases como: “Soy millonario, tengo varias empresas, ustedes van a ser unos muertos de hambre siempre”. Y otra vez: ¿dónde está la mentira? El hombre simplemente estaba realizando un aporte sociológico en tiempo real. Una TED Talk espontánea sobre movilidad social, expresada quizá con cierta efusividad etílica, pero profundamente honesta.
En un país serio, los inspectores tendrían que haber reaccionado de otra manera. Algo más respetuoso. Quizá pedirle disculpas por interrumpirle la noche. Ofrecerle agua mineral importada. Preguntarle si deseaba escolta policial desde el boliche.
Pero no. Optaron por el camino del autoritarismo: aplicar normas como si se tratase de cualquier hijo de vecino. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Hoy le hacen espirometría a un millonario. Mañana capaz van a querer cobrarle patente a un dueño de estancia. Si esto sigue así, quién sabe adónde vamos a ir a parar. Es el caos.
Y atención: esto no termina aquí. Porque el empresario terminó detenido. Sí. Detenido. Como si fuera un ciudadano cualquiera. Como si no existiera una jerarquía social implícita donde el dinero funciona como lubricante moral. Horas después llegaron dos abogados a la seccional. Dos. Lo cual demuestra claramente la inocencia del involucrado, porque nadie culpable puede pagar dos abogados al mismo tiempo con tanta rapidez. Ahora el caso quedó en manos de Fiscalía, que deberá analizar amenazas, desacato y negativa a realizar la prueba. Aunque quizá la verdadera pregunta sea otra: ¿Quién se hará cargo del trauma psicológico sufrido por un hombre adinerado al descubrir que las leyes también lo alcanzan? Porque hay experiencias que destruyen la fe en el sistema. Imaginen el shock de escuchar la frase: —“Caballero, descienda del vehículo”. Devastador.
Uruguay deberá decidir qué tipo de país quiere ser. Uno donde cualquiera con uniforme pueda detener a empresarios exitosos… o una nación moderna donde el patrimonio neto sea reconocido oficialmente como grupo vulnerable ante los controles de tránsito. La sociedad observa expectante. Mientras tanto, decenas de millonarios circulan hoy con miedo. Y con razón.