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En Salto, la solidaridad vuelve a ponerse en movimiento. La Asociación Cero Discriminación lanzó un nuevo llamado a la comunidad para reunir sillas de ruedas, muletas y otros insumos ortopédicos destinados a personas que atraviesan situaciones de discapacidad o convalecencia. Detrás de esta iniciativa está Josefina Núñez, presidenta de la organización, madre de dos hijos uno de ellos con autismo y recientemente designada integrante del Consejo Asesor Honorario para la Discapacidad desde el Instituto Nacional de Derechos Humanos.

La asociación, que trabaja desde hace casi cinco años, nació con el objetivo de acompañar a niños y adolescentes con discapacidad y a sus familias. Sin embargo, ante la falta de respuestas estructurales, su labor se amplió y hoy atiende también a adultos mayores, personas que sufrieron accidentes y familias en contextos de alta vulnerabilidad.

“El desborde es real”, reconoce Núñez. “Llegó un momento en que no teníamos más recursos para prestar y las solicitudes seguían llegando”. Gracias a nuevas donaciones incluido el apoyo de un grupo solidario de Paysandú y comercios locales volvieron a contar con sillas de ruedas y muletas disponibles. El sistema es sencillo: se prestan sin costo, con el compromiso de devolverlas en las mismas condiciones para que puedan seguir ayudando a otros.

Cuando la discapacidad se agrava por la pobreza

La experiencia de Cero Discriminación demuestra que la discapacidad no se vive igual en todos los hogares. “No es lo mismo una familia que puede pagar un asistente personal que otra que debe esperar años en una lista del Estado”, explica Núñez. Tampoco es igual si se cuenta con ingresos estables para comprar pañales, medicamentos o cubrir traslados.

Según la referente, muchas de las familias que integran la asociación son monoparentales, en su mayoría madres solas que debieron abandonar sus empleos para dedicarse al cuidado permanente de sus hijos. “Vivimos 24 por 24 para ellos. No es que podamos organizar una reunión y juntarnos como cualquier grupo. No hay tiempo, no hay descanso”.

La precariedad económica se combina con el aislamiento. En Salto, por ejemplo, no existen ómnibus accesibles, lo que obliga a pagar taxis para trasladar a personas en silla de ruedas. Para quienes viven en barrios alejados, incluso acercarse a una oficina pública puede resultar imposible.

“Un área de discapacidad no puede esperar que la gente vaya. Tiene que ir al territorio, puerta a puerta”, sostiene Núñez. Para ella, la accesibilidad no es solo una cuestión edilicia, sino también social y humana.

Más allá de la oficina, la urgencia del trabajo en territorio

Antes de las últimas elecciones departamentales y nacionales, la asociación presentó un proyecto con propuestas concretas. Entre ellas, la creación de un área de discapacidad en la órbita de Desarrollo Social de la Intendencia, con un funcionamiento basado en el trabajo territorial y con personal idóneo.

Si bien hoy existe un área específica, Núñez entiende que aún no cumple con lo que las familias necesitan. “No puede ser un cargo para cumplir políticamente. Tiene que haber conocimiento y compromiso real”.

El reclamo no es aislado. Otras asociaciones civiles del departamento coinciden en la necesidad de fortalecer el acompañamiento directo a las familias, detectar casos que no se visibilizan y articular soluciones antes de que las situaciones se agraven.

En la práctica, muchas veces son los propios vecinos quienes alertan sobre casos críticos. Núñez recuerda el relato de una madre que, al ver llorar a una trabajadora en un supermercado, decidió preguntarle qué le ocurría. La mujer estaba desbordada: tenía un hijo con discapacidad y no encontraba apoyo. A partir de ese gesto, la asociación intervino. “No es desde una oficina que se detectan estas realidades. Es en la calle, en el barrio, hablando con la gente”.

¿Quién cuida al cuidador?

Uno de los puntos más sensibles que plantea Cero Discriminación es la salud mental de las madres y cuidadores. “¿Quién cuida al cuidador?”, pregunta Núñez. La respuesta, hoy, es desalentadora, no existen dispositivos específicos de apoyo psicológico o espacios sistemáticos de contención para estas familias en Salto.

El desgaste emocional es profundo. “Me llaman a la madrugada y me dicen, ‘Conseguime un psicólogo porque no aguanto más’. La desesperación no es una exageración retórica. Casos trágicos en otros países, donde familias enteras se quitaron la vida ante la falta de apoyo, funcionan como advertencia de hasta dónde puede llegar el abandono.

En Salto, si bien no se han registrado hechos de esa magnitud, la preocupación es constante. La sobrecarga recae casi siempre en mujeres que, además de enfrentar dificultades económicas, cargan con la responsabilidad total del cuidado.

Para Núñez, hablar de salud mental implica necesariamente mirar a las familias de personas con discapacidad. “No se puede hablar de derechos si no se escucha a quienes están sosteniendo la situación todos los días”.

La fuerza de la comunidad

A pesar del cansancio y la frustración, la asociación sigue adelante gracias al apoyo de la sociedad salteña. Campañas impulsadas por referentes locales, como la psicóloga Sofía Malaquina, permitieron reunir grandes cantidades de pañales para niños que usan pañales de adulto y cuyas familias no llegan a fin de mes. Comercios como Pizzería La Canilla también colaboran de manera constante.

La organización no recibe dinero en efectivo: prioriza donaciones concretas y trabaja de forma honoraria. “No cobramos sueldo. Somos una asociación civil sin fines de lucro”. La articulación con instituciones como ASSE, Inspección de Educación e INAU permite orientar y acelerar trámites, aunque los recursos siguen siendo insuficientes.

“Falta voluntad más que presupuesto”. Para ella, muchas soluciones podrían implementarse con mejor gestión y mayor compromiso político.

Una lucha que no se detiene

El reciente nombramiento de Núñez en el Consejo Asesor Honorario para la Discapacidad abre una nueva etapa. Desde allí buscará descentralizar decisiones y acercar recursos a Salto, históricamente relegado frente a Montevideo.

Sin embargo, el cansancio es evidente. “Estamos agotadas. Cada cambio de gobierno es empezar de nuevo. Se desarma lo que estaba funcionando y hay que volver a explicar todo”, lamenta. Aun así, las palabras de agradecimiento que reciben de quienes han sido ayudados funcionan como motor. “Me cambió la vida que me prestaran la silla para mamá”.

Pequeños gestos que sostienen una causa enorme

La Asociación Cero Discriminación mantiene abiertas sus redes sociales para quienes necesiten apoyo o deseen colaborar. Las sillas de ruedas y muletas están disponibles, sin costo, para quien las requiera.

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