La trampa del asistencialismo
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Por Leonardo Vinci
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joselopez99@adinet.com.uy
La política contemporánea, particularmente aquella que se autodenomina progresista y se ha instalado en diversas latitudes de nuestra región, ha perfeccionado un mecanismo perverso de dominación social: la institucionalización de la pobreza. No se trata de un error de gestión ni de una incapacidad para implementar políticas públicas eficaces; es, por el contrario, una estrategia deliberada de supervivencia política. La revelación que ha sacudido a la opinión pública, tras las polémicas declaraciones del presidente colombiano Gustavo Petro, expone una verdad que muchos prefieren ignorar o maquillar bajo eufemismos de "justicia social".
EL SINCERICIDIO DE PETRO
En una entrevista concedida al programa Mesa Capital en tiempos recientes, Petro dejó entrever una lógica que subyace a gran parte de la retórica izquierdista. Aunque sus defensores hoy clamen por la descontextualización, el núcleo de su reflexión resulta revelador: "Cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen, entonces se vuelven de derecha". Esta frase, más allá de la polémica mediática, funciona como un sincericidio que desnuda la arquitectura del modelo populista. Para este sector político, la movilidad social ascendente no es una meta a alcanzar, sino una amenaza existencial. Si el ciudadano prospera, deja de depender del Estado, pierde el miedo a la incertidumbre y, por ende, comienza a valorar la libertad individual, la propiedad privada y la meritocracia; es decir, abraza las ideas de la derecha.
EL VOTO CAUTIVO
Esta confesión confirma que el asistencialismo no está diseñado para ser un puente hacia la autonomía, sino un muro que confina al individuo a la subsistencia perpetua. Bajo el pretexto de la solidaridad, se entregan limosnas que apenas alcanzan para paliar el hambre del día a día, pero que jamás dotan al ciudadano de las herramientas necesarias para emanciparse. Es un contrato implícito donde el Estado regala una porción de bienestar a cambio de una lealtad electoral inquebrantable: mientras el pobre siga siendo pobre, el voto cautivo está garantizado.
DINERO A CAMBIO DE NADA
La situación se torna aún más grave cuando observamos la ausencia total de contraprestaciones. En Uruguay, por ejemplo, los debates sobre la asignación de partidas económicas sin exigir, como mínimo, la concurrencia escolar o el desarrollo de capacidades laborales, demuestran que el objetivo real no es la educación ni la formación del capital humano. Es el reparto de fondos como una forma de caridad política que cronifica la indigencia en lugar de erradicarla. Cuando se entrega dinero "a cambio de nada", se degrada la dignidad del beneficiario y se lo condena a ser un eterno dependiente de la voluntad estatal.
LA TRAMPA DEL ASISTENCIALISMO
Un gobierno genuinamente interesado en el bienestar de su pueblo mide su éxito por la cantidad de personas que salen de los planes sociales gracias a que han encontrado un empleo digno o han emprendido sus propios proyectos. Sin embargo, para la izquierda actual, que una persona sea independiente es una derrota. La pobreza es su mayor activo político; es el terreno fértil donde siembran la dependencia para cosechar poder. Mientras sigan promoviendo este modelo de "pobres, pero con esperanza", el verdadero desarrollo será imposible. La libertad no puede florecer donde la necesidad es utilizada como una cadena. Es hora de romper este ciclo, exigiendo políticas de crecimiento, educación y libertad, y rechazando rotundamente la trampa del asistencialismo que, bajo una máscara de bondad, solo busca mantener a los ciudadanos de rodillas, temerosos de perder la miseria que les permite sobrevivir.