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La aceleración del ritmo de vida es una constante que no parece dispuesta a bajar un cambio. Más bien al contrario: todo indica que el mundo avanza con el acelerador a fondo, empujado por una lógica de inmediatez que atraviesa el trabajo, la comunicación, el consumo y hasta los vínculos personales.

El avance de las tecnologías de la información es quizá el ejemplo más claro de este fenómeno. Nuestros padres y abuelos transitaron gran parte de su vida en una época en la que la espera formaba parte natural de la rutina. Para saber de un familiar lejano había que escribir una carta, enviar un telegrama o recurrir al teléfono de línea, con demoras si era “llamada larga distancia”. Sacar una foto implicaba aguardar varios días hasta ver el resultado revelado, con la incertidumbre incluida de si había salido bien o no.

Informarse también requería paciencia. Antes de la radio y la televisión por cable, el diario marcaba el pulso de la actualidad, y las noticias llegaban con cierta demora, lo que acrecentaba la expectativa. Seguir una telenovela o una serie exigía acomodarse al horario de emisión y esperar una semana para descubrir cómo continuaba la historia. La espera no era una molestia: era parte de la experiencia y de esos años.

Hoy, ese tiempo parece haberse evaporado. Si no recordamos algo, lo buscamos en Google; si una serie nos atrapa, la consumimos en maratón de pasar horas frente a la tv; si hay una duda, la respuesta debe ser inmediata.

La información circula de forma constante y acelerada, y la paciencia se ha vuelto un bien escaso. Todo tiene que suceder ya, y si hay demoras, deben ser lo más confortables posible para que no se noten. Incluso el ocio se ha transformado: cuando no hay nada para hacer, el teléfono inteligente se encarga de llenar cualquier vacío, evitando los tiempos muertos.

En este contexto, el desafío no es solo adaptarse a la velocidad, sino preguntarse si, en medio de tanta prisa, no estamos perdiendo algo esencial: la capacidad de detenernos, esperar y simplemente disfrutar de momentos, que seguramente no se repetirán…

Royce Joyas
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