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Se cumplen hoy, 17 de enero, 37 años de su fallecimiento. Alfredo Zitarrosa, nacido en Montevideo el 10 de marzo de 1936, no fue simplemente un cantor popular: fue una figura cuyo canto y pensamiento marcaron a fuego la cultura del Río de la Plata y gran parte de América Latina. Su voz profunda, su compromiso social, su poesía y su condición de hombre de letras —como periodista, poeta y escritor— lo colocan entre los artistas más complejos y admirados del siglo XX en nuestra región.

 

Una infancia diversa, una voz singular

 

Zitarrosa (cuyo nombre de nacimiento fue Alfredo Iribarne) creció entre barrios de Montevideo y el interior del país, experiencias que marcaron su sensibilidad ante la vida y la cotidianeidad de los humildes. Sus primeras ocupaciones —locutor de radio, periodista y recitador de poesía— no presagiaban necesariamente el gigante musical que estaba por nacer. Sin embargo, todas esas experiencias alimentaron su estilo, que combina la lírica con una intención comunicativa directa y sentida.

El surgimiento de un cantor comprometido

Su salto a la música fue casi casual, pero decisivo. A mediados de la década de 1960, Zitarrosa debutó como cantante profesional en Montevideo y grabó canciones que pronto se convirtieron en himnos populares. Su primer disco importante, Canta Zitarrosa (1966), capturó la esencia de su voz grave y su estilo interpretativo, con milongas de amor, zambas y reflexiones existenciales que compitieron en popularidad incluso con fenómenos globales como The Beatles.

Lo que distinguió a Zitarrosa de muchos de sus contemporáneos fue su búsqueda de una canción uruguaya auténtica, basada en los géneros tradicionales de la región —especialmente la milonga— pero con una sensibilidad moderna y crítica que hablaba tanto del amor como de la injusticia social.

El canto como compromiso y resistencia

Zitarrosa no sólo cantó. Peleó. Esperó. Exilió. Regresó. Debido a sus posiciones políticas de izquierda y su cercanía con ciertos movimientos sociales, su música fue prohibida durante la dictadura uruguaya. Obligado al exilio a partir de 1976, vivió en Argentina, España y México, desde donde continuó su trabajo artístico y se mantuvo como símbolo de resistencia cultural ante los regímenes autoritarios.

Durante esos años forzados fuera de su tierra, grabó y actuó intensamente, consolidando aún más su reputación como cantor profundo y comprometido. Finalmente, en 1984, con el proceso de apertura democrática, regresó a Uruguay en una multitudinaria bienvenida que lo ubicó, sin discusión, como uno de los referentes culturales más queridos del país.

La obra: entre la poesía y la canción

La discografía de Zitarrosa es vasta y variada; entre sus canciones más memorables se encuentran clásicos como Doña Soledad, Pa’l que se va, Recordándote, Stefanie, Adagio en mi país, Zamba por vos y la emblemática Guitarra negra.

Pero su obra no se limita a la música. Zitarrosa también escribió poesía y cuentos. Su libro Explicaciones —ganador del Premio Municipal de Poesía en 1959— nunca llegó a publicarse en vida, aunque reveló su condición de poeta auténtico. En 1988, un año antes de su muerte, vio la luz Por si el recuerdo, una colección de cuentos que resalta su sensibilidad narrativa.

Enrique Estrázulas: la amistad que se volvió ensayo

El ensayista y poeta Enrique Estrázulas (Montevideo, 1942–2016; a quien recordábamos desde Punto y Aparte el sábado pasado) fue amigo personal de Zitarrosa y uno de los estudiosos más importantes de su obra. Estrázulas musicalizó varios de sus propios poemas —tres de ellos por Zitarrosa— y le dedicó el ensayo Zitarrosa: cantar en uruguayo, donde analiza no sólo la música del cantor, sino su modo singular de enraizar la canción en la cultura popular rioplatense.

Estrázulas comprendió a Zitarrosa como un puente entre la poesía escrita y la canción popular, mostrando cómo la obra del cantor dialoga con los sectores más humildes sin perder densidad estética. Su mirada subraya el valor de Zitarrosa para pensar la música como una forma de filosofía del sentir colectivo.

Guillermo Pellegrino: la biografía definitiva

Otro estudioso indispensable es el periodista y biógrafo Guillermo Pellegrino, autor de Cantares del alma. Biografía de Alfredo Zitarrosa (1999), un trabajo que llevó años de investigación y se ha convertido en referencia para entender la vida íntima del artista. Pellegrino recupera no sólo los hitos públicos de Zitarrosa, sino también sus contradicciones, su pensamiento, sus sombras y sus pasiones, ofreciendo al lector una visión completa del hombre detrás de la leyenda.

En trabajos más recientes, Pellegrino profundiza en el contexto social y político en el que se inserta Zitarrosa, explicando por qué su figura no puede ser entendida fuera de los tiempos turbulentos que atravesó.

Luis Bravo y las reflexiones poéticas sobre el canto

Aunque no se le conoce una obra dedicada exclusivamente a Zitarrosa, el poeta y crítico Luis Bravo ha ofrecido aportes importantes desde la crítica literaria sobre cómo se articula en Uruguay el vínculo entre poesía y música popular, terreno en el que Zitarrosa ocupa un lugar central. Bravo ha hablado de la necesidad de trascender barreras entre la poesía letrada y la canción, una discusión estética en la que el cantor uruguayo es un caso paradigmático.

Legado y vigencia

Zitarrosa falleció en Montevideo el 17 de enero de 1989 a los 52 años, dejando un legado imposible de cuantificar en una sola página. Su obra sigue vigentes no sólo por la calidad de sus versiones y letras, sino por lo que significó como símbolo de dignidad cultural para varias generaciones.

Cada año, especialmente el 10 de marzo, su cumpleaños, Uruguay y otros países de América Latina organizan homenajes musicales, recitales y muestras que recuerdan su impacto. En Montevideo, por ejemplo, la Sala Zitarrosa continúa siendo un centro de escena para artistas que reivindican la música popular comprometida con el pueblo.

Alfredo Zitarrosa no fue simplemente un creador de canciones memorables; fue un cantor que habló del amor y de la justicia, del desarraigo y de la patria, de la soledad y de la fraternidad. Su voz, profunda y humana, no pertenece únicamente a su tiempo: sigue resonando en el presente, en la memoria colectiva, y en cada generación que descubre en sus letras una forma de pensar la vida y la música como actos inseparables.

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