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A una década de su partida, el mundo de la cultura vuelve la mirada hacia la figura de Umberto Eco, uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX. El escritor, ensayista y semiólogo italiano falleció el 19 de febrero de 2016, dejando una obra vasta y profundamente marcada por la reflexión sobre los signos, el lenguaje, la cultura de masas y la historia.

Nacido el 5 de enero de 1932 en Alessandria, en la región del Piamonte, Eco se formó en la Universidad de Turín, donde se doctoró en Filosofía con una tesis sobre estética medieval. Desde temprano mostró un interés particular por el pensamiento de Santo Tomás de Aquino y por el estudio de los sistemas de significación, campo en el que se convertiría en referente mundial.

Su nombre alcanzó popularidad internacional con la publicación, en 1980, de la novela El nombre de la rosa, una obra que combinó intriga policial, erudición medieval y reflexión filosófica. Ambientada en una abadía del siglo XIV, la novela conquistó a millones de lectores y fue llevada al cine en 1986 en una recordada adaptación dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery. El éxito consolidó a Eco como narrador, sin eclipsar su trayectoria académica.

A lo largo de su vida publicó otras novelas de gran repercusión, como El péndulo de Foucault, La isla del día de antes y Baudolino, todas atravesadas por su fascinación por la historia, las conspiraciones y los laberintos del conocimiento. Sin embargo, su aporte más profundo quizá radique en sus ensayos. En títulos como Apocalípticos e integrados, Eco analizó la cultura de masas con una mirada crítica y pionera, cuestionando tanto el elitismo cultural como la aceptación acrítica de los medios.

Profesor universitario durante décadas, especialmente en la Universidad de Bolonia, defendió la importancia del pensamiento crítico en tiempos de sobreinformación. En los últimos años de su vida alertó sobre los riesgos de la banalización del discurso público y el impacto de las redes sociales en la calidad del debate.

Diez años después de su muerte, la obra de Umberto Eco mantiene intacta su vigencia. Su legado trasciende géneros y disciplinas: fue un puente entre la alta cultura y el gran público, entre la tradición medieval y los dilemas contemporáneos. A una década de su adiós, su pensamiento continúa invitando a leer el mundo con mayor profundidad y espíritu crítico.

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