Julio Sosa /
A cien años del Varón del Tango
Hace apenas unos días, el calendario recordó una fecha que trasciende lo meramente simbólico para instalarse en el terreno de la memoria cultural: el centenario del nacimiento de Julio Sosa. El 2 de febrero de 1926, en la ciudad de Las Piedras, nacía quien con el tiempo sería conocido como el “Varón del Tango”, una figura esencial para comprender la historia del género rioplatense. Un siglo después, su nombre continúa evocando una forma intensa de cantar y sentir la música ciudadana, capaz de atravesar generaciones y geografías.
A lo largo de este año, homenajes, concursos y reconocimientos han vuelto a poner su obra en primer plano. Desde actividades culturales hasta la emisión de un sello postal conmemorativo, las celebraciones recuerdan a uno de los grandes embajadores culturales del Uruguay.
Orígenes humildes y vocación temprana
Julio Sosa nació en un hogar de recursos modestos en el departamento de Canelones. Su padre trabajaba como peón rural y su madre como lavandera, en un contexto donde el esfuerzo cotidiano era una constante.
Desde pequeño conoció la dureza del trabajo: fue vendedor ambulante, repartidor y podador, entre otros oficios, mientras intentaba aportar al sustento familiar.
Sin embargo, la música aparecía como un destino inevitable. Ya en la adolescencia cantaba en cafés y concursos de aficionados, consolidando una vocación que se imponía sobre cualquier dificultad.
Ese contacto temprano con el público moldeó su presencia escénica: directa, intensa, profundamente emocional.
El tango lo atravesó desde la niñez, marcando el rumbo de una vida que terminaría vinculada de manera inseparable al género.
Del interior al Río de la Plata: el salto decisivo
Tras sus primeras actuaciones en escenarios locales, Sosa comenzó a transitar el circuito musical entre Montevideo y otros puntos del país, hasta que decidió buscar oportunidades más amplias en Buenos Aires.
Ese traslado marcaría un antes y un después: en 1949 logró la consagración definitiva, iniciando una etapa de creciente popularidad.
Su voz profunda, unida a una presencia recia y una interpretación dramática, lo transformaron rápidamente en un fenómeno de masas.
No solo cantaba: encarnaba cada letra, transmitiendo una intensidad que conectaba con un público que veía en él una síntesis del carácter rioplatense.
Fue en ese contexto que el periodista Ricardo Gaspari acuñó el apodo que lo acompañaría para siempre: “El Varón del Tango”, en alusión al timbre y estilo interpretativo que evocaban una tradición viril del género.
Estilo, repertorio y presencia cultural
Sosa no se limitó al canto: participó en radio, televisión, cine y hasta publicó poesía, consolidando una presencia cultural integral.
Su forma de interpretar —dramática, intensa y corporal— convirtió canciones en verdaderos himnos emotivos para el público.
Obras como “En esta tarde gris” o “Qué me van a hablar de amor” fueron ejemplo de esa expresividad única que combinaba autoridad interpretativa con sensibilidad artística.
En una época en que el tango buscaba reinventarse, su figura ayudó a devolverle vigor y popularidad entre los jóvenes, revitalizando el interés por el género.
Fue, en ese sentido, uno de los últimos grandes cantores de la era dorada y un intérprete que dejó escuela.
Una muerte prematura y el mito
El ascenso de Sosa fue meteórico, pero también breve. Murió en 1964, a los 38 años, tras un accidente automovilístico, en el momento de mayor fama de su carrera.
Su fallecimiento causó conmoción y reforzó la construcción del mito: el artista arrebatado en plena gloria, cuya voz quedó suspendida en el tiempo.
Ese final abrupto consolidó una imagen que aún hoy persiste: la del cantor intenso, apasionado y trágico, cuya interpretación parecía consumirlo en cada verso.
El centenario: memoria viva y patrimonio cultural
El reciente centenario ha confirmado que su legado permanece vigente. Las celebraciones incluyeron concursos internacionales de tango y actividades culturales que convocaron artistas de varios países, reafirmando la dimensión regional de su figura.
También se desarrollaron iniciativas institucionales y homenajes oficiales, reconociendo su papel como uno de los intérpretes más influyentes del tango.
A cien años de su nacimiento, su nombre sigue ocupando un lugar central en la historia musical del Río de la Plata, recordado como un cantor capaz de “poner el cuerpo y la vida” en cada interpretación.
Un siglo después, la voz intacta
Hablar hoy de Julio Sosa no es simplemente mirar al pasado: es reconocer una presencia que continúa resonando. Su legado forma parte del patrimonio cultural compartido entre Uruguay y Argentina, y su estilo sigue siendo referencia para nuevas generaciones de intérpretes.
Quizás allí resida el verdadero sentido de este centenario: en comprobar que el paso del tiempo no ha logrado apagar esa voz profunda que supo contar historias de amor, desarraigo y arrabal.
A cien años de su nacimiento, el Varón del Tango sigue cantando —no en los escenarios, pero sí en la memoria colectiva— recordándonos que ciertas voces, cuando alcanzan la intensidad del mito, no se extinguen jamás.