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La historia cultural uruguaya está poblada de voces que eligieron caminos silenciosos antes que grandes vitrinas mediáticas. Entre ellas, la poeta salteña Lucía Sosa ocupa un lugar singular: una creadora que transitó simultáneamente la poesía, la música y la sensibilidad cotidiana, dejando una obra breve en volumen pero profunda en resonancia emocional.

Nacida en la ciudad de Salto en 1960, Lucía Esther Sosa Menoni creció en un ambiente donde el arte y la inquietud intelectual convivían naturalmente. Allí realizó sus estudios iniciales y culminó el bachillerato en 1977, etapa en la que comenzaron a manifestarse sus primeras inquietudes literarias. Desde muy joven escribió poemas, aunque su relación con la palabra nunca fue exclusivamente literaria: su escritura nació con vocación sonora, pensada para ser dicha, cantada y compartida.

Una poeta entre la palabra y la música

La obra de Lucía Sosa resulta difícil de encasillar dentro de la poesía tradicional. Sus textos, aun cuando fueron publicados como poemas, poseían una cadencia musical evidente. Ella misma solía cantar sus composiciones, borrando los límites entre poema y canción.

Ese rasgo marcó toda su trayectoria artística. En 1983 obtuvo el primer premio del Festival de la Paz, en Canelones, con El globo rojo, un poema musicalizado que interpretaba junto al músico Saúl Pozzati. Aquella experiencia anticipó el rumbo que seguiría su creación: la poesía entendida como experiencia colectiva, viva y sonora.

Durante los años de apertura democrática en Uruguay, participó activamente en iniciativas culturales vinculadas al movimiento Trabajadores por la Cultura, integrando ferias del libro, homenajes artísticos y espectáculos multidisciplinarios que buscaban reconstruir el tejido cultural del país tras la dictadura. Su presencia no era la de una figura centralista, sino la de una artista comprometida con el trabajo cultural comunitario.

Montevideo, formación y madurez creativa

Tras finalizar sus estudios en Salto, Sosa se trasladó a Montevideo, donde obtuvo el título de arquitecta. Este dato biográfico resulta revelador: su sensibilidad estética no se limitó a la literatura, sino que se proyectó también hacia el espacio, la forma y la estructura.

Sin embargo, la arquitectura convivió siempre con la poesía. Entre los años 1990 y 1995 publicó textos en revistas y suplementos culturales, consolidando una voz íntima, introspectiva y profundamente humana.

Su obra poética quedó reunida principalmente en dos libros:

Plumas, plumas y plumas

La viajera solitaria

Ambos títulos revelan ya una constante temática: el viaje interior, la fragilidad humana y la búsqueda de sentido. Su escritura exploraba el amor, la soledad, el paso del tiempo y la conexión con la naturaleza, siempre desde una mirada delicada y reflexiva.

El encuentro con Héctor Numa Moraes

Uno de los capítulos más significativos de su vida artística —y personal— fue su vínculo con el reconocido cantautor uruguayo Héctor Numa Moraes, quien fue su pareja durante varios años.

La relación trascendió lo afectivo para convertirse en una colaboración artística fecunda. Moraes musicalizó y grabó numerosos poemas de Sosa, permitiendo que sus textos alcanzaran un público mucho más amplio. Sus versos comenzaron entonces a viajar por escenarios y discos, integrándose al cancionero popular uruguayo.

En ese cruce entre poesía y música aparece uno de los aportes más originales de Lucía Sosa: sus textos podían leerse en silencio, pero encontraban una segunda vida cuando eran cantados. No escribía únicamente para la página; escribía para la voz humana.

Así, sus poemas se transformaron en canciones sin perder densidad literaria, algo que pocos autores logran con naturalidad.

Una estética de la sencillez

Quienes conocieron su obra coinciden en señalar la aparente sencillez de su lenguaje. Sin embargo, esa simplicidad escondía una intensa carga emocional. Sus poemas evitaban el artificio y buscaban una comunicación directa con el lector o el oyente.

La introspección, la melancolía y la observación sensible del mundo cotidiano atravesaban su escritura. No pretendía grandes declaraciones filosóficas: prefería capturar instantes mínimos, emociones fugaces, silencios.

Esa elección estética explica por qué muchos de sus textos funcionan casi como confidencias personales. La voz poética de Sosa nunca se presenta como autoridad, sino como compañera de experiencia.

Cultura, comunidad y compromiso

Además de escribir, Lucía Sosa participó activamente en la vida cultural salteña y montevideana. Integró proyectos colectivos, impulsó actividades artísticas y colaboró con espacios culturales independientes.

Su trayectoria refleja una generación de creadores que entendió el arte como construcción social antes que como carrera individual. El retorno democrático uruguayo encontró a Sosa trabajando intensamente en propuestas culturales abiertas, reafirmando el rol del arte como herramienta de encuentro ciudadano.

Esta dimensión comunitaria explica también la permanencia de su recuerdo entre artistas y gestores culturales: más que una figura mediática, fue una presencia constante en círculos creativos donde la palabra circulaba libremente.

La poeta que cantaba

Una particularidad distintiva fue su manera de interpretar la poesía. Sosa no separaba escritura y performance: leer un poema implicaba habitarlo corporalmente.

Por eso muchos críticos y colegas afirmaron que sus textos podían considerarse letras de canciones incluso antes de ser musicalizados. La musicalidad estaba en el origen mismo del verso.

Esa condición híbrida la ubica dentro de una tradición uruguaya donde poesía y canción popular dialogan permanentemente, heredera de figuras que hicieron del canto una extensión natural de la literatura.

Últimos años y legado

Radicada durante décadas en Montevideo, continuó escribiendo y creando lejos de grandes exposiciones públicas. Su obra siguió circulando en ámbitos literarios y musicales, manteniendo una influencia silenciosa pero persistente.

Lucía Sosa falleció el 22 de febrero de 2023. Su muerte generó numerosas evocaciones en el ambiente cultural, especialmente en Salto, ciudad que la vio nacer y donde su nombre permanece asociado a la poesía y a la sensibilidad artística local.

Con su partida quedó la sensación de una autora que nunca buscó protagonismo, pero cuya obra logró permanecer gracias a la autenticidad de su voz.

Una obra breve, una huella profunda

La literatura uruguaya está llena de nombres imprescindibles; sin embargo, también se sostiene gracias a autores que trabajan desde la discreción. Lucía Sosa pertenece a esa categoría: creadora de una poesía íntima que encontró en la música su forma más expansiva.

Su legado puede resumirse en tres dimensiones:

La unión entre poesía y canción, que permitió a sus textos llegar a públicos diversos.

La sensibilidad introspectiva, centrada en emociones universales.

El compromiso cultural colectivo, propio de una generación que entendió el arte como acción social.

Hoy, sus poemas continúan circulando en lecturas, canciones y memorias personales. Cada vez que una voz interpreta un texto suyo musicalizado, vuelve a ocurrir aquello que definió su obra: la palabra deja de ser sólo escritura y se transforma en experiencia compartida.

Lucía Sosa escribió desde la intimidad, pero habló para muchos. Y quizá allí radique la verdadera permanencia de su obra: en esa capacidad de convertir emociones privadas en patrimonio sensible de todos.

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