Nos dejó la suya como última tragedia
A 89 años de su muerte, la figura de Horacio Quiroga vuelve a instalarse con fuerza en el calendario cultural rioplatense. El autor de Cuentos de la selva y Anaconda murió el 19 de febrero de 1937 en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, dejando tras de sí una obra marcada por la intensidad, la naturaleza indómita y la presencia constante de la muerte.
Nacido el 31 de diciembre en 1878 aquí en Salto, Quiroga tuvo una vida atravesada por la tragedia desde muy joven. La muerte accidental de su padre, el suicidio de su padrastro y, años más tarde, la trágica pérdida de su primera esposa moldearon una sensibilidad literaria donde el destino fatal y la fragilidad humana ocupan un lugar central. Esa experiencia vital encontró su escenario perfecto en la selva misionera, cuya fuerza y hostilidad retrató como pocos en la literatura latinoamericana.
Paradójicamente, el final del propio Quiroga estuvo a la altura de sus relatos más sombríos. Internado tras conocerse que padecía un cáncer gástrico avanzado, decidió ingerir cianuro y poner fin a su vida. Tenía 58 años. Su decisión estremeció al ambiente literario de la época y consolidó la imagen de un escritor coherente —hasta el extremo— con la visión trágica que atravesaba su narrativa.
Influenciado por el naturalismo y por la obra de Edgar Allan Poe, Quiroga supo construir cuentos donde la tensión psicológica y el desenlace implacable atrapaban al lector sin concesiones. Su célebre “Decálogo del perfecto cuentista” sigue siendo hoy material de consulta obligada para quienes se inician en el género.
A casi nueve décadas de su muerte, la figura de Horacio Quiroga permanece vigente. Su obra continúa dialogando con nuevas generaciones, recordándonos que en la literatura —como en la selva que tanto amó— la vida y la muerte conviven en un equilibrio tan frágil como inevitable.