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Como tantas otras costumbres y platos que hoy forman de nuestra mesa, los ñoquis llegaron al Río de la Plata con las grandes corrientes migratorias de principios del siglo XX. Al igual que el dulce de leche, el asado o la milanesa napolitana, su origen está rodeado de leyendas y explicaciones diversas. Sin embargo, entre las múltiples versiones, existe una historia menos difundida, pero con una lógica social contundente que merece ser rescatada.

El ritual del 29 y el deseo de prosperidad

La tradición es que cada 29 del mes se preparan ñoquis y, antes de comenzar a comer, se coloca debajo del plato una moneda o billete. El gesto simboliza el deseo de atraer suerte, trabajo y prosperidad, y expresa la esperanza de que durante el mes siguiente no falte el dinero en el hogar. Con el tiempo, este ritual adquirió un carácter casi mágico, aunque su origen dista de ser supersticioso.

Las versiones más conocidas

Entre las explicaciones más populares aparece la historia religiosa de San Pantaleón, quien habría compartido un plato de ñoquis con campesinos humildes y, antes de partir, les auguró una buena cosecha. Otra versión sostiene que los inmigrantes italianos se reunían a comer ñoquis el 29 de junio, en el marco de las festividades de San Pedro y San Pablo.

Una tradición obrera y solidaria

No obstante, la explicación más probable remite al contexto social de los trabajadores inmigrantes europeos que llegaron a la Argentina entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Muchos de ellos eran campesinos empobrecidos, obreros sin empleo o militantes sindicales y políticos expulsados de sus países de origen. En ese marco, la comunidad italiana una de las más numerosas, con más de 2.270.000 inmigrantes entre 1861 y 1920 trajo no solo su amor por las pastas, sino también una fuerte tradición de solidaridad de clase.

Los ñoquis, elaborados con harina y papa ingredientes económicos y rendidores eran el plato ideal para los días finales del mes, cuando el salario ya se había agotado. Quienes lograban un ingreso estable ayudaban a los más golpeados invitándolos a compartir un plato caliente. Las monedas bajo el plato no eran un amuleto, sino una ayuda concreta para que nadie quedara a la deriva. Así, los ñoquis del 29 se consolidaron como una expresión sencilla y poderosa de la solidaridad obrera que aún hoy perdura en nuestras mesas.

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