Ante la realidad de perder la tranquilidad
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Por Jose Pedro Cardozo
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Durante décadas, Salto fue una ciudad donde la tranquilidad formaba parte de nuestra identidad. No significaba que no existieran delitos, problemas sociales o episodios de violencia. Sería ingenuo afirmarlo. Pero había una diferencia sustancial con la realidad que hoy comenzamos a padecer: el miedo no condicionaba de la misma manera nuestra vida cotidiana. Hoy esa sensación está cambiando. Y lo más preocupante es que el cambio parece avanzar con una rapidez que duele y alarma.
Salto viene registrando desde hace tiempo un deterioro en materia de seguridad. Los hurtos, las rapiñas, el narcotráfico y los episodios violentos dejaron de ser hechos aislados. Pero ahora estamos comenzando a conocer una realidad que hasta hace pocos parecía impensada para nuestra ciudad: robos cometidos con extrema violencia, personas baleadas, otras atacadas con armas blancas, enfrentamientos y agresiones que se suceden casi a diario.
La violencia parece haberse instalado en nuestras calles. Y cuando eso ocurre, no alcanza con denuncias, procedimientos policiales o detenidos. Porqué detrás de cada hecho hay una persona que pierde un bien conseguido con esfuerzo, una familia vive horas de angustia, un comerciante debe trabajar detrás de rejas y cámaras, un vecino mira dos veces antes de salir de su casa o alguien termina en una emergencia médica como consecuencia de una agresión. Eso es lo que verdaderamente está en juego: nuestra forma de vivir.
Salto, comienza a sufrir en carne propia aquello que durante años observamos con preocupación en otros lugares del país. Veíamos las noticias de homicidios, ajustes de cuentas, ataques a balazos y violentas rapiñas como una realidad ajena, concentrada principalmente en las grandes zonas urbanas. Hoy, sin embargo, los salteños ya no podemos mirar hacia otro lado. La violencia golpea aquí.
No se trata de generar alarma ni de convertir cada episodio policial en una catástrofe. Se trata de reconocer que existe un problema serio y creciente, que no puede naturalizarse. El mayor riesgo sería precisamente ese: acostumbrarnos. Porque cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, comienza a perder mucho más que seguridad.
Por eso, las autoridades tienen una responsabilidad enorme. La Policía debe contar con respaldo, recursos y herramientas para prevenir y combatir el delito. La Justicia debe actuar con firmeza cuando corresponde. Pero también resulta indispensable atender las causas profundas que alimentan este fenómeno: el narcotráfico, la marginalidad, la exclusión, la falta de oportunidades y la pérdida de valores básicos de convivencia.
Nada de esto, sin embargo, puede transformarse en una excusa para la inacción. Los salteños tienen derecho a vivir tranquilos. A caminar por sus barrios sin miedo. A abrir un comercio sin pensar que puede ser el próximo objetivo. A que sus hijos regresen seguros a sus hogares.
Todavía estamos a tiempo de reaccionar. Pero para hacerlo, primero debemos asumir una verdad incómoda: Salto ya no puede seguir creyendo que la violencia es un problema de otros. Hoy el problema está entre nosotros. Y defender la tranquilidad que estamos perdiendo debe convertirse en una causa de toda la sociedad. La preocupación de un grupo numeroso de empresarios, ha dado ele primer paso. Es deber de todos, apoyarlos y acompañarlos en la movilización programada para el 7 de setiembre.