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El resultado brasileño sacude a la izquierda regional y coloca al gobierno de Orsi frente a una realidad incómoda: el principal socio de Uruguay puede cambiar de rumbo político. Mientras tanto, las urnas vuelven a mostrar que América Latina no marcha necesariamente hacia donde pretende la izquierda. Hay resultados electorales que simplemente cambian un gobierno. Otros obligan a cambiar el discurso. Lo ocurrido el domingo en Brasil pertenece a la segunda categoría.

Flávio Bolsonaro quedó primero en la primera vuelta con 47,03% de los votos, frente al 45,16% de Lula da Silva. La diferencia es estrecha y todavía queda el balotaje del 25 de octubre. Pero hay algo que ya nadie puede discutir: el candidato del Partido Liberal consiguió colocar a la derecha brasileña en una posición central y dejó al gobierno de Lula enfrentado a una segunda vuelta que, hasta hace pocos días, muchos analistas no imaginaban de esta manera.

Y aquí empieza el problema para Uruguay. Porque mientras Brasil votaba, en Montevideo algunos parecían mirar la elección como si se tratara de una interna ideológica ajena. El Frente Amplio había expresado claramente su preferencia por Lula. El propio gobierno de Orsi construyó una relación particularmente cercana con el mandatario brasileño. Ahora las urnas brasileñas introducen una posibilidad que obliga a revisar cálculos, discursos y, sobre todo, prejuicios.

El presidente Orsi salió rápidamente a señalar que las relaciones con los países vecinos deben mantenerse independientemente de quién gobierne. Dijo, correctamente, que la afinidad personal no puede interferir en las relaciones entre Estados. Bienvenido sea. Pero la política exterior se demuestra cuando el vecino que gana las elecciones no es el que uno quería que ganara. Y ahí estará la verdadera prueba.

Porque Brasil no es Nicaragua, Cuba, Venezuela ni ningún pequeño país con el que Uruguay pueda tener diferencias sin consecuencias mayores. Brasil es nuestro gigante vecino, una potencia regional, nuestro principal socio económico en el Mercosur y un país cuya política comercial, energética, fronteriza y diplomática repercute directamente sobre Uruguay.

Por eso resulta poco prudente convertir las preferencias partidarias en brújula de la política exterior.

La elección brasileña también deja otra señal que debería preocupar —o al menos hacer pensar— a la izquierda uruguaya: la sociedad latinoamericana está votando de manera cada vez más imprevisible.

Primero fue Argentina con Milei. Después Chile con Kast. Ahora Brasil coloca a Flávio Bolsonaro en el primer lugar de la primera vuelta. No se trata de afirmar que todos esos procesos son iguales, porque no lo son. Se trata de reconocer que existe una corriente política regional que la izquierda no puede seguir explicando simplemente como una conspiración de la derecha, una moda pasajera o una desviación electoral.

Hay demandas concretas detrás. Seguridad. Impuestos. Empleo. Costo de vida. Inseguridad. Desconfianza en la clase política. Cansancio con gobiernos que prometen mucho y resuelven poco. Y cuando esas demandas se acumulan, los electores cambian de opción.

Ese fenómeno debería ser tomado con mucha más seriedad en Uruguay. Porque mientras desde algunos sectores del Frente Amplio se demoniza el avance de las nuevas derechas, una parte importante de América Latina está tomando decisiones electorales en otra dirección.

La frase del presidente del Frente Amplio juzgando "entre democracia y barbarie” un eventual triunfo de la derecha en Brasil adquiere ahora una dimensión todavía mayor. No solamente porque la elección sigue abierta, sino porque revela una dificultad que Uruguay no puede permitirse: confundir la defensa de una determinada orientación política con los intereses permanentes del país.

Los brasileños decidirán si continúan con Lula o si optan por Flávio Bolsonaro.  Pero Uruguay sí tendrá que vivir con el resultado. Y allí no habrá ideología que valga. Porque los gobiernos pasan. Los vecinos quedan. Y Brasil, guste o no guste en la Torre Ejecutiva o en la sede del Frente Amplio, seguirá estando al otro lado de la frontera.

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