Desgaste y falta de líderes reales ¿condicionan al FA?
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Por José Pedro Cardozo
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Las encuestas comienzan a dibujar una realidad que el Frente Amplio haría mal en ignorar: el desgaste ya no parece limitarse al gobierno de Yamandú Orsi, sino que empieza a comprometer a la propia fuerza política que lo sostiene. Los números son elocuentes. Factum registró para mayo-junio apenas un 24% de aprobación a la gestión presidencial, frente a un 56% de desaprobación. Y lo más significativo es que el deterioro también alcanza al electorado frenteamplista: entre quienes votaron al FA en 2024, la aprobación de Orsi cayó al 52%, mientras 23% ya desaprueba su gestión. La tendencia se repite en otros estudios. Cifra difundió en junio una desaprobación del 65% y una aprobación de apenas 20%. Incluso entre quienes votaron al Frente Amplio, solo 41% aprobaba entonces la gestión presidencial. Y la encuesta más reciente de Opción, difundida en agosto, profundiza el cuadro: 57% desaprueba al gobierno y apenas 19% lo aprueba. No se trata, por tanto, de una fotografía aislada. Es una película.
Y esa película muestra algo políticamente más profundo: el Frente Amplio está teniendo dificultades para transformar su histórico capital político en una nueva generación de liderazgos capaces de provocar el mismo entusiasmo que alguna vez despertaron sus principales referentes. Porque hubo una época en que decir Frente Amplio significaba hablar de Líber Seregni, Tabaré Vázquez, Danilo Astori, José Mujica y de una generación de dirigentes que, más allá de aciertos y errores, construyeron una identidad política poderosa y una relación emocional con buena parte de la sociedad.
Hoy el escenario es diferente. El problema del Frente Amplio, NO puede explicarse únicamente por errores de comunicación o por una supuesta incapacidad para vender mejor sus logros. Hay una cuestión más incómoda: ¿qué resultados concretos puede exhibir después de tantos años de gobierno?
Si se revisan sus administraciones, hubo avances indiscutibles en determinadas áreas, pero también quedaron pendientes enormes problemas estructurales. La economía no dio el salto esperado, la productividad continuó siendo una asignatura pendiente, el endeudamiento y el gasto público siguieron condicionando al Estado y numerosas reformas estructurales quedaron a mitad de camino. Y para buena parte de los ciudadanos, la pregunta no es ideológica. Es mucho más sencilla: ¿vivo mejor que antes? Cuando esa respuesta comienza a ser negativa o dubitativa, ningún discurso histórico alcanza.
El Frente Amplio todavía conserva una estructura política formidable, una militancia organizada y un electorado importante. No está muerto, ni mucho menos. Pero las encuestas están enviando una advertencia que sería peligroso descalificar atribuyéndola simplemente a errores metodológicos o a una campaña de la oposición.
Enfrenta una desaprobación creciente incluso entre parte de sus propios votantes debería preguntarse qué está fallando. Quizás el problema no sea solamente Orsi. Quizás el problema sea que el Frente Amplio está descubriendo, de manera bastante dolorosa, que la nostalgia por sus fundadores no alcanza para construir el futuro y que el recambio de nombres tampoco garantiza el recambio de adhesiones. Las encuestas no dictan sentencias electorales. Pero cuando varias comienzan a señalar en la misma dirección, conviene escuchar. Porque todavía falta mucho para 2029. Y precisamente por eso, el Frente Amplio tiene tiempo para reaccionar. La pregunta es si tendrá también la voluntad de mirarse al espejo.