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La mayor amenaza que hoy enfrenta el gobierno de Yamandú Orsi no es la oposición. Es la creciente sensación de desencanto que invade a buena parte de la ciudadanía. Lo preocupante es que ese malestar ya no distingue partidos: alcanza al oficialismo, salpica a la oposición y termina golpeando a todo el sistema político. La confianza se erosiona y con ella también la credibilidad de la democracia representativa.

No se trata de un fenómeno exclusivamente uruguayo. Ocurre en la mayoría de las democracias occidentales. La política promete mucho y cada vez consigue menos. La gente vota esperando cambios profundos, soluciones concretas y una mejora en su calidad de vida. Cuando esas expectativas no se cumplen, aparece la frustración, seguida por la apatía y la desconfianza.

Uruguay conserva una virtud que no debe menospreciarse: la estabilidad institucional. Existe consenso sobre las grandes reglas económicas y democráticas del país. Nadie plantea aventuras irresponsables ni cambios radicales que comprometan la estabilidad. Sin embargo, esa misma continuidad hace que muchos ciudadanos se pregunten qué diferencias reales existen entre un gobierno y otro. Si las políticas esenciales permanecen intactas, ¿dónde está el cambio que se prometió?

Ese interrogante golpea especialmente al actual gobierno. A un año y medio de gestión, sigue sin quedar claro cuál es el gran proyecto transformador de la administración Orsi. ¿Cuál es la reforma que definirá este período? ¿Qué objetivo estratégico justifica el capital político obtenido en las urnas? Las respuestas no aparecen. En cambio, predominan la cautela, las vacilaciones y una administración que parece reaccionar a los acontecimientos más que conducirlos.

Durante la campaña electoral se habló de cercanía, sencillez y sentido común. Ese discurso resultó exitoso porque conectó con una ciudadanía cansada de los relatos grandilocuentes. Pero gobernar exige mucho más que transmitir empatía. Exige liderazgo, decisiones y capacidad para marcar un rumbo. Hoy esa claridad no existe y la sociedad comienza a percibir un vacío de conducción.

A ello se agregan episodios que, aunque puedan no constituir irregularidades, erosionan el principal activo político del presidente: su credibilidad. La polémica por la camioneta de alta gama, adquirida con un descuento extraordinario, sembró dudas sobre una imagen cuidadosamente construida durante años: la de un dirigente sencillo, austero y parecido al ciudadano común. Tal vez otro político hubiera atravesado esa situación sin mayores consecuencias. Orsi no. Porque su fortaleza era precisamente la confianza que inspiraba. Cuando ese capital moral se resquebraja, las consecuencias políticas son inevitables.

Mientras tanto, la comparación con el gobierno anterior también juega su papel. Se podrán discutir muchas de sus decisiones, pero difícilmente se cuestionara que proyectaba firmeza y transmitía una sensación de rumbo. El actual gobierno, en cambio, aparece muchas veces dubitativo, sin iniciativas capaces de movilizar a la opinión pública ni proyectos que despierten entusiasmo.

Por supuesto, los ciudadanos también tienen responsabilidad. En democracia son ellos quienes eligen y quienes, muchas veces, depositan expectativas imposibles de satisfacer. Ningún gobierno resolverá todos los problemas ni transformará el país de un día para otro. Pero esa realidad no exonera al poder político de su obligación principal: liderar.

Porque gobernar no consiste únicamente en administrar el Estado. Consiste en inspirar confianza, fijar prioridades y demostrar capacidad para conducir al país. Cuando esa visión falta, la desaprobación deja de ser un problema de imagen para convertirse en una crisis de liderazgo. Y cuando la política pierde la capacidad de entusiasmar, quienes realmente ganan son la indiferencia, el descreimiento y el peligroso convencimiento de que todos son iguales.

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