La Prensa Hacemos periodismo desde 1888

Durante demasiado tiempo se instaló la idea de que el crecimiento económico, la expansión del gasto social y la reducción de la pobreza terminarían, casi por inercia, debilitando la delincuencia. La realidad uruguaya demuestra exactamente lo contrario. El país atravesó años de fuerte expansión económica, impulsada por el auge de los commodities, con récords de exportaciones, mayor consumo y un Estado que multiplicó las transferencias sociales. Sin embargo, mientras mejoraban muchos indicadores macroeconómicos, la inseguridad avanzaba hasta convertirse en la principal preocupación de los uruguayos. La bonanza no logró contener la violencia ni frenar el crecimiento del crimen organizado.

Esa constatación debería haber terminado hace tiempo con una discusión tan ideológica como estéril. No existe una relación automática entre crecimiento económico y disminución del delito. Si así fuera, Uruguay habría recorrido un camino muy distinto durante los últimos quince años.

Eso no significa desconocer la importancia de combatir la pobreza, mejorar la educación o generar empleo. Todo lo contrario. Son condiciones indispensables para construir una sociedad más justa. Pero creer que esas políticas, por sí solas, resolverán el problema de la inseguridad es ignorar una realidad mucho más compleja.

En muchos barrios ya no se enfrenta únicamente la exclusión social. Se enfrenta una verdadera subcultura del delito, donde el narcotráfico impone reglas, recluta adolescentes, desplaza la cultura del trabajo y convierte la violencia en un mecanismo cotidiano de control territorial. Allí el Estado llega tarde, cuando llega, mientras las organizaciones criminales ocupan el espacio con recursos, armas y una capacidad logística cada vez mayor.

Los recientes procedimientos policiales, que obligan a desplegar decenas de efectivos, helicópteros y equipamiento especial para ingresar a determinados barrios, muestran hasta qué punto el fenómeno cambió de escala. Ya no se trata del delincuente ocasional. Se trata de organizaciones que planifican, se arman, obtienen inteligencia y desafían abiertamente la autoridad del Estado.

Frente a ese escenario, insistir exclusivamente en aumentar las transferencias sociales o esperar que una futura recuperación económica revierta el problema resulta insuficiente. El desafío es mucho más profundo y exige abandonar los prejuicios ideológicos que durante años condicionaron el debate.

También sería un error caer en el extremo opuesto y creer que la única respuesta pasa por endurecer penas o multiplicar operativos policiales. La represión eficaz es imprescindible, pero debe formar parte de una estrategia integral que combine inteligencia criminal, fortalecimiento institucional, recuperación territorial, educación y oportunidades reales para quienes aún no han sido captados por las redes del delito.

La inseguridad dejó de ser una discusión académica para transformarse en un desafío existencial para el Estado. Lo saben los gobiernos de todos los partidos, aunque muchas veces prefieran refugiarse en explicaciones parciales o en la búsqueda de responsables del pasado.

Los diagnósticos abundan. Las estadísticas también. Lo que falta es una política de Estado sostenida durante muchos años, capaz de sobrevivir a los cambios de gobierno y de enfrentar al crimen organizado con la misma planificación y perseverancia con que este ha construido su poder.

Porque mientras la política continúa discutiendo las causas, la delincuencia sigue ganando terreno. Y esa es una carrera que Uruguay ya no puede permitirse perder.

Ranking
Recibirás en tu correo electrónico las noticias más destacadas de cada día.

Podría Interesarte