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Ahora que está volviendo la educación, que en Salto por suerte tiene una enorme cantidad de variantes, debemos analizar aportes que entendemos de un nivel notable. Por ejemplo el de la famosa pedagoga ecuatoriana Rosa María Torres en sus maravillosas "12 tesis para el cambio educativo". En una de ellas habla de que la escuela no debe, no puede ser la base de todo. Al contrario, debe ser una parte del todo. El niño, el adolescente, no va a aprender únicamente a la escuela sino que se aprende en todos lados.

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La necesidad de “abrir la escuela” a la comunidad y a la sociedad es un viejo planteamiento y una vieja aspiración. Hoy, dicha aspiración ha pasado a ser, contradictoriamente, a la vez una realidad y una necesidad para la escuela pública latinoamericana: (a) realidad porque la escuela viene de hecho absorbiendo funciones sociales compensatorias que no le corresponden, o bien no asumiéndolas, pero en cualquier caso luchando por subsistir en sociedades económica y socialmente injustas; (b) necesidad porque se han diversificado las herramientas y los espacios de aprendizaje fuera de la escuela, lo que vuelve indispensable trazar el mapa de necesidades de aprendizaje de la población y distribuirlo colaborativamente entre las diversas instituciones y espacios de aprendizaje que están disponibles en la sociedad.

En lugar de aislarse, la escuela necesita más que nunca definir su especificidad pero abriéndose a la comunidad y a la sociedad, asumiéndose como centro de aprendizaje comunitario y motor del desarrollo local. Es indispensable volver a vincular escuela, familia y comunidad, en una relación multidimensional y compleja, no de una sola vía (qué pueden hacer los padres de familia o la comunidad por la escuela), sino de doble vía (qué puede hacer la escuela por los padres de familia y por la comunidad y a la inversa) y conjuntamente (qué pueden hacer todos ellos juntos para asegurar la educación para todos y el desarrollo humano). Es aquí donde resulta útil pensar en un concepto articulador y con un fuerte potencial transformador como el de Comunidad de Aprendizaje.

El razonamiento es simple: Toda persona tiene algo que aprender y algo que enseñar. Toda comunidad humana tiene problemas y necesidades, pero también tiene saberes, capacidades y recursos que a menudo no son valorados, ni siquiera reconocidos, como tales. Se trata, en primer lugar, de identificar los haberes de la propia comunidad. Antes que el clásico “diagnóstico” que termina en el largo y conocido listado de “lo que falta”, se requiere un diagnóstico que identifique el también largo, pero generalmente desconocido, listado de lo que se sabe y lo que se tiene: quién sabe qué y qué puede enseñar a cambio de qué, qué potencial hay de trabajo voluntario o de trueque de recursos o saberes, qué espacios existen que no están siendo utilizados o que están siendo mal aprovechados (parques, plazas, iglesias, edificios abandonados, escuelas cerradas o usadas a medio tiempo, terrenos baldíos, etc.), qué está haciéndose de manera descoordinada y pudiera coordinarse, quiénes están trabajando en lo mismo, quiénes resultan complementarios.

Pero esto implica que cambiemos nuestras forma de ver las cosas. No es que llevamos al niño a la escuela, al colegio, al liceo, a la UTU para "que aprenda" sino como parte de un proceso de aprendizaje donde el enclave educativo, la institución es clave, es cierto, pero no lo es todo. Si la pobre maestra le habla del respeto a la mujer, a los ancianos, al niño y en el hogar impera la violencia y el destrato a estos actores sociales, de qué sirve el discurso del docente. La educación ya "escapó" al centro educativo y todos somos parte de ella, los medios de comunicación ni hablar por eso asumimos lo que dice la gran pedagoga ecuatoriana.

 

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