Reloj “El Salteño”
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Por Leonardo Vinci
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joselopez99@adinet.com.uy

En la ciudad entrerriana de Colón, Argentina, se encuentra una de las piezas de relojería más extraordinarias que hayan surgido de manos artesanas en el Río de la Plata: el reloj “El Salteño”, una obra maestra construida hace más de cien años por el ebanista suizo-uruguayo Antonio Paccot, radicado en Salto. Esta maravilla técnica y artística no solo representa un hito en la historia del arte relojero regional, sino que también es un símbolo profundo de creatividad, dedicación y visión, valores que deben ser rescatados y compartidos con las nuevas generaciones.
Antonio Paccot, afincado en nuestra ciudad a fines del siglo XIX, era un ebanista de excepcional talento. Su taller, conocido por la calidad de sus muebles finamente elaborados, fue también el lugar donde tomó forma este colosal proyecto personal: un reloj monumental, completamente mecánico, que incluye no solo la medición del tiempo, sino también complicaciones astronómicas, escenas animadas y una riqueza estética digna de los grandes relojeros europeos. Trabajó más de una década en su construcción, sin más propósito que el de dejar una huella de excelencia y amor por su oficio.
El reloj “El Salteño” no es un objeto común. Con una estructura de madera tallada a mano, mecanismos complejos de engranajes, figuras móviles y esferas que muestran fases lunares, signos del zodíaco y fechas del calendario, es una pieza única en el mundo. En su tiempo, fue presentado con orgullo como ejemplo del genio artesanal salteño, y no son pocos los que lo comparan con los grandes relojes astronómicos de Praga o Estrasburgo, aunque hecho con los recursos limitados de un artesano autodidacta.
Lamentablemente, por avatares del destino, el reloj se encuentra desde hace décadas en la ciudad de Colón, donde ha sido conservado con respeto y admiración por parte de sus actuales custodios. Sin embargo, resulta lógico pensar que un bien cultural de este valor, íntimamente ligado a la historia y el patrimonio de Salto, debería al menos ser conocido y apreciado por sus conciudadanos. ¿Cuántos salteños saben hoy que uno de los relojes más notables de América Latina fue creado en su ciudad? ¿Cuántos jóvenes han oído hablar de Antonio Paccot y de su legado de excelencia silenciosa?
Este desconocimiento debe interpelar a nuestras autoridades culturales, educativas y diplomáticas. La Cancillería uruguaya podría perfectamente abrir canales de diálogo con sus pares argentinos para explorar formas de colaboración cultural que permitan, al menos, organizar una exhibición temporal del reloj “El Salteño” en Salto. Sería una oportunidad invaluable para que estudiantes, docentes, historiadores y ciudadanos en general puedan admirar esta joya, reencontrarse con su historia y sentir el legítimo orgullo de lo que una vez se hizo con manos salteñas.
Del mismo modo, el Consulado argentino en Salto podría desempeñar un papel clave en el diseño de una agenda binacional que impulse el reconocimiento mutuo del patrimonio compartido. La ciudad de Colón ha sido una digna anfitriona de esta obra, y en ese espíritu de cooperación cultural, seguramente estaría dispuesta a facilitar una muestra temporaria en territorio uruguayo. Con una adecuada gestión diplomática y el involucramiento de instituciones educativas, museos y centros culturales, este proyecto podría convertirse en un ejemplo de integración regional a través del arte y la memoria.
Recuperar el legado de Antonio Paccot y su reloj no es solo una cuestión de nostalgia. Es, ante todo, una forma de educar en valores: el esfuerzo, la paciencia, el ingenio, la vocación por el detalle y el amor por lo bien hecho. Que “El Salteño” pueda ser admirado en su tierra natal, aunque sea por un tiempo, es un acto de justicia con el pasado y un mensaje de inspiración para el futuro.
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