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Dos fuerzas acechan sobre la vida de los pueblos libres: el capitalismo salvaje y el estatismo dirigista. No son opuestos; a veces se tocan y se necesitan. Cuando lo hacen, el resultado es siempre el mismo: asfixian la libertad. El estatismo dirigista fracasó. Quedan quienes añoran experimentos que terminaron en ruina: economías cerradas, controles asfixiantes, muros que separaban. Es una nostalgia peligrosa. No viene sola: trae la tentación de intervenir todo, de decidir desde el poder lo que debe ser libre. El otro extremo no es mejor. El capitalismo salvaje, el de privilegios y acuerdos cerrados, el que se disfraza de mercado mientras construye monopolios. No compite: captura. No crea valor: lo extrae. Y cuando puede, se asegura reglas a medida para perpetuarse. El fútbol uruguayo es hoy el escenario de esa disputa.

Durante años, sufrió un monopolio de hecho en los derechos de televisión. Contratos largos, cláusulas de igualación cuestionables, precios deprimidos. Y una corte de comunicadores que repetían, como dogma, que ese era el único camino posible. Que no había más interesados. Que nuestro fútbol valía poco. La realidad los desmintió.

Cuando se abrió la competencia, cuando se permitió que el mercado actuara con reglas claras, el resultado fue contundente: muchos interesados y de 15 millones de dólares anuales se pasó a 67 millones. No es una opinión. Es un dato.  Los clubes lo sintieron: los grandes duplicaron ingresos, los de primera pasaron de 500 mil a 2 millones y los de segunda de 100 mil a 730 mil. La libertad económica, bien entendida, dio resultados. La historia no termina ahí. Porque donde hay renta, hay disputa. Hoy se está gestando algo preocupante: la alianza de lo peor de ambos mundos.

Por un lado, un actor privado que busca recuperar posiciones perdidas. Por otro, el Estado avanza donde no debe, interfiriendo en relaciones entre privados, inclinando la cancha. No es nuevo. Ya ocurrió en el gobierno de Mújica. Hubo reuniones para presionar extensiones contractuales. Hoy reaparecen señales similares: gestiones, contactos, movimientos que no transparentan objetivos.

Antel, empresa pública que debe actuar con rigor y claridad, ingresó al proceso sin explicar por qué eligió socios. Luego, se utilizó una cláusula de igualación para desactivar la competencia. Ahora surge una amenaza más grave: ofrecer el producto gratuitamente para capturar el mercado. Eso tiene nombre: depredación. Y está prohibido. El mecanismo es conocido: se regala hoy, se elimina la competencia mañana, se cobra caro después. Lo paga el público, lo paga el fútbol, lo paga el país.

A esto se suma un dato institucional alarmante: presiones sobre la Comisión de Promoción y Defensa de la Competencia. Sin recursos suficientes corre el riesgo de ser colonizada. Se busca que renuncien varios de sus integrantes al no apoyarlos. Si cae la independencia de ese órgano, cae la última defensa del sistema. No se trata de ideología. Se trata de reglas. Ni monopolios privados disfrazados de mercado, ni intervencionismo estatal disfrazado de interés público. Uruguay no puede volver atrás.

El fútbol es parte de nuestra identidad. No es un negocio más. Es cultura, es historia, es pertenencia. Y cuando se loempobrece, se empobrece algo más profundo que un balance. Por eso la advertencia es clara. La hora es crítica. Jugadores, clubes, árbitros e hinchas deben seguir unidos y no permitir una vuelta atrás.

Presidente. Ministro. El país mira. No permitan que la libertad vuelva a ser rehén de acuerdos oscuros. No permitan que los de siempre, desde adentro o desde afuera, vuelvan a quedarse con lo que es de todos. Como dijo Obdulio en la hora más difícil: los de afuera son de palo. Y esta vez, también

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