Mientras la política dudaba, Campos defendía la vida
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Por Pedro Rodríguez
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Hay personas que dejan huellas por los cargos que ocuparon. Otras, por los títulos que obtuvieron. Pero existen algunas pocas que son recordadas porque estuvieron del lado correcto cuando era más fácil callar.
Para mí, el doctor Néstor Campos fue una de esas personas.
Hoy vemos a cientos de motociclistas circulando con casco por las calles de Salto y nos parece algo normal. Tan normal que cuesta imaginar que, hace algunos años, esa obligación generaba polémicas, críticas y enfrentamientos. Costaba entender que una medida destinada a proteger la vida pudiera despertar tanta resistencia.
Pero así ocurrió.
En aquella época, los traumatismos encefalocraneanos eran una realidad frecuente en nuestro departamento y las muertes . En el Hospital Salto los médicos veían casi a diario las consecuencias de los accidentes de tránsito. Existía una normativa que obligaba a usar casco únicamente hasta los 21 años. El desafío era modificarla para que la protección fuera obligatoria para todos.
Lo que hoy parece sentido común, en aquel entonces era una batalla.
Hubo juntadas de firmas en contra. Hubo presiones políticas. Hubo quienes sostenían argumentos que hoy resultan difíciles de creer. Hasta existían dudas sobre el costo electoral que podía tener una medida de ese tipo. Muchos pensaban en la próxima elección. Muy pocos pensaban en la próxima vida que podía salvarse.
Y fue allí donde apareció con fuerza la voz del doctor Campos.
Lo recuerdo claramente. Frente a las cámaras de televisión, desde la puerta del CTI del Hospital Salto, explicando con una enorme serenidad por qué los salteños debíamos usar casco. No hablaba desde una oficina ni desde una teoría académica. Hablaba desde el dolor de ver llegar pacientes y familias golpeadas por tragedias que muchas veces podían evitarse.
Para quienes impulsábamos aquella iniciativa desde la Junta Departamental, su respaldo fue enorme. No solo prestó su prestigio profesional. También puso el cuerpo.
Acompañó reuniones, actividades en barrios, encuentros en el interior rural y distintas instancias de concientización. Estuvo presente cuando había que convencer, explicar y escuchar. Cuando era más fácil quedarse al margen.
Y nunca olvidé ese gesto.
Porque el doctor Campos tenía algo que distingue a los hombres verdaderamente grandes, la humildad.
A pesar de su destacada trayectoria profesional, trataba a todos como iguales. No imponía. Convencía. No se colocaba por encima de nadie. Se acercaba a la gente con sencillez, con respeto y con una calidad humana que trascendía cualquier cargo o reconocimiento.
Era un hombre libre.
Libre para pensar.
Libre para actuar.
Libre para defender sus convicciones aunque eso le trajera críticas.
El tiempo le dio la razón.
Nadie podrá decir con exactitud cuántas vidas se salvaron gracias a aquella decisión. Es imposible contabilizar a quienes pudieron volver a casa porque llevaban casco el día de un accidente. Pero sí sabemos algo, al poco tiempo de implementada la medida, los estudios epidemiológicos mostraron una reducción significativa de los traumatismos encefalocraneanos.
Detrás de cada número había una persona salvada. Una familia que evitó una tragedia. Un futuro que pudo continuar.
Por eso hoy el casco dejó de ser una discusión y pasó a ser una costumbre.
Una costumbre que nació gracias al coraje de personas que estuvieron dispuestas a soportar críticas para defender la vida.
Con los años comprendí algo que entonces no veía con claridad: todo el desgaste, todas las discusiones y todas las dificultades valieron la pena.
Y en ese camino hubo una figura que iluminó con su ejemplo, su conocimiento y su compromiso.
Por eso hoy, más que nunca, siento la necesidad de decirlo.
Gracias, doctor Néstor Campos . Gracias por darnos la luz cuando muchos todavía dudaban. Gracias por enseñarnos que hacer lo correcto siempre vale la pena, aunque al principio parezca una causa perdida.