¿Por qué no pagar semanalmente a zafrales y domésticas?
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Por Leonardo Vinci
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joselopez99@adinet.com.uy

No es la primera vez que hablamos de este tema. Hoy lo volvemos a hacer, convencidos de la importancia de nuestro planteamiento. En el Uruguay de 1931, el diputado batllista Julio César Grauert señalaba algo que, leído hoy, resulta tan vigente como entonces: los trabajadores, desde el jornalero hasta el empleado de comercio, terminaban prestándole dinero a su patrón. ¿Cómo? A través de un mecanismo tan cotidiano como injusto: entregando su trabajo desde el primer día y esperando entre quince y treinta días para cobrar lo que ya habían producido.
Decía Grauert que, incluso después de diez jornadas, si el obrero pedía parte de su salario, lo recibía apenas como un “generoso adelanto” concedido por el patrón. Lo que en verdad ocurría —y ocurre aún— es que el trabajador, muchas veces con necesidades urgentes, queda rehén de un sistema de pago mensual que lo obliga a vivir fiando, endeudándose o postergando lo esencial. La pregunta entonces es inevitable: ¿no sería mucho más justo y beneficioso que los trabajadores zafrales y domésticos cobraran semanalmente su jornal?
El personal zafral y doméstico integra uno de los sectores más frágiles del mercado laboral. Su trabajo suele ser discontinuo, inestable y, en muchos casos, informal. Estas condiciones hacen que el ingreso inmediato sea vital. Obligar a estas familias a esperar quince o treinta días para recibir lo que ya ganaron es condenarlas a depender del crédito del almacén, del préstamo del vecino o de los adelantos parciales del patrón.
No hay razón de peso que justifique retrasar un mes lo que ya se hizo y se entregó.
Los beneficios de pagar semanalmente no se agotan en los trabajadores. Los pequeños comercios de barrio —almacenes, carnicerías, verdulerías— se ven hoy obligados a fiar buena parte de sus ventas porque saben que sus clientes cobrarán recién a fin de mes. Este mecanismo erosiona la liquidez de los comerciantes, los expone a riesgos de morosidad y genera un círculo vicioso de espera y deuda. Si los trabajadores percibieran su jornal semanalmente, el dinero ingresaría más rápido al circuito económico. Las familias pagarían al contado lo que consumen y los comercios tendrían ingresos más constantes. La economía barrial, en vez de moverse a saltos de fin de mes, fluiría de manera más estable y previsible.
Es paradójico que, casi cien años después de la denuncia de Grauert, el tema siga siendo materia de debate. El país ha avanzado en derechos laborales, en formalización y en regulación, pero la cuestión de la periodicidad de los pagos permanece casi intacta. Quizás sea hora de retomar aquella reflexión batllista: ningún trabajador debería hacer un préstamo involuntario a su empleador. Lo justo es que quien ya trabajó, haya cobrado.
El pago semanal de los jornaleros y del personal doméstico no solo aliviaría la economía de miles de familias, sino que oxigenaría a los pequeños comercios y dinamizaría el consumo. Un cambio simple, casi obvio, que podría mejorar de manera tangible la vida cotidiana.
Porque, al fin y al cabo, la justicia social también se mide en los tiempos del salario.
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