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En octubre de 1943, mientras el mundo se desangraba en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial y los cañones resonaban en Europa y Asia, Salto vivía una realidad muy distinta. La ciudad se preparaba para recibir al presidente Juan José Amézaga, invitado por la Asociación Agropecuaria e Hípica de Salto, y las páginas de la prensa local reflejaban el optimismo de una comunidad que confiaba en sus recursos naturales, en su capacidad productiva y en el empuje de sus empresarios.

“El Heraldo Salteño” destacaba entonces las extraordinarias condiciones turísticas del departamento. Señalaba que pocas regiones del país habían sido tan generosamente favorecidas por la naturaleza, con un clima ideal para el otoño y el invierno, paisajes privilegiados, naranjales, arroyos de aguas cristalinas y dos maravillas naturales: Salto Grande y Salto Chico.

Entre aquellos atractivos sobresalía “Los Manantiales”, donde se encontraba la Gran Surgente Salto, una riqueza natural que ya comenzaba a ser aprovechada industrialmente por la firma Urreta S.A. Aquella zona era considerada uno de los grandes tesoros departamentales y formaba parte de un ambicioso proyecto de desarrollo turístico impulsado conjuntamente por la Comisión Nacional de Turismo y las autoridades locales.

Los planes incluían la creación de un gran parque en los alrededores de la Hostería Parador Quiroga, ubicada junto a las célebres cascadas de Salto Grande. También se proyectaban actividades recreativas vinculadas a la pesca deportiva del dorado y el acondicionamiento de una isla para recibir visitantes. Era una visión moderna y audaz que buscaba convertir a Salto en un destacado centro turístico nacional. Con el paso de los años, la construcción de la represa de Salto Grande modificó profundamente aquel paisaje. El histórico Parador Quiroga quedó bajo las aguas, aunque su legado fue recogido posteriormente por el Hotel Horacio Quiroga y por el parque que finalmente se concretó a comienzos de la década de 1980.

Sin embargo, entre las noticias de aquel pujante 1943 hay otro aspecto que merece especial atención. Ese año, Urreta S.A. adquirió los derechos de explotación de la Fuente Mineral Salto. A partir de aquella riqueza natural se elaboraba la reconocida Agua Mineral Salto y también las populares variedades de Tónica Salto, que comenzaban a conquistar mercados más allá de las fronteras departamentales. La empresa no se limitó al embotellado. También incorporó los grandes berrales existentes en las inmediaciones de la surgente, considerados únicos en el país. Alimentados por las mismas aguas minerales, estos cultivos eran apreciados por sus propiedades nutritivas y por la calidad de su producción. Pero la visión empresarial iba mucho más lejos. Los directivos proyectaban aprovechar las tierras irrigadas naturalmente por la surgente para desarrollar avenales y alfalfares en gran escala, incorporando el riego como herramienta fundamental para aumentar la productividad.

Aquellos emprendimientos reflejan el espíritu de una generación de empresarios que supo observar las ventajas comparativas de Salto y transformarlas en oportunidades concretas de crecimiento. No se conformaban con explotar un recurso existente; buscaban innovar, diversificar y agregar valor. Hoy, la surgente continúa existiendo bajo nuevos propietarios. El hermoso predio y parte de las antiguas instalaciones permanecen en pie, aunque el paso del tiempo y la falta de utilización han dejado huellas visibles. Resulta inevitable preguntarse cuánto potencial permanece todavía latente en ese lugar.

Por eso, al recordar aquellas realizaciones, surge una reflexión inevitable. ¿No sería oportuno actualizar los estudios que impulsó Urreta hace más de ocho décadas? Los berrales, el aprovechamiento del riego para determinados cultivos, la producción de forrajes especializados e incluso antiguos proyectos vinculados a olivares y a la industrialización de sus derivados merecerían una nueva evaluación a la luz de las tecnologías actuales. Salto necesita recuperar la confianza en sus propias posibilidades. Los pioneros de ayer demostraron que era posible transformar recursos naturales en riqueza, empleo y desarrollo. Tal vez las respuestas para parte de los desafíos del presente se encuentren, precisamente, en aquellas ideas visionarias que alguna vez florecieron junto a las aguas de la Surgente Salto.

Después de todo, soñar sigue siendo el primer paso para construir el futuro.

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