Ex Curas del Uruguay /
Diez años de fraternidad, nuevas vidas y caminos compartidos
El Grupo de Ex Curas del Uruguay celebra diez años de trayectoria, una década marcada por la amistad, el acompañamiento mutuo y la construcción de un espacio donde compartir experiencias de vida más allá del ejercicio del sacerdocio. Con motivo de este aniversario, el exsacerdote, profesor de Filosofía y psicólogo Jesús Arbiza repasó, en una entrevista con La Prensa, la historia de una organización que reúne a hombres con recorridos diversos, unidos por una experiencia común: haber sido sacerdotes y haber emprendido nuevos caminos.
La celebración está prevista para los días 31 de octubre, 1.º y 2 de noviembre en la zona de El Riachuelo, cerca de Colonia. Será una oportunidad para reencontrarse, recordar el camino recorrido y reafirmar los vínculos construidos durante estos años.
Según Arbiza, el grupo comenzó a organizarse el 2 de noviembre de 2016, a partir de un grupo de WhatsApp que permitió convocar a quienes deseaban reunirse. El primer encuentro tuvo lugar en las termas del Daymán, en Salto, y contó con el apoyo del sacerdote José García, quien colaboró en aquella etapa inicial.
Desde entonces, los integrantes han celebrado encuentros en distintos puntos del país, entre ellos Montevideo, Salto, San José, Melo, Mercedes, Colonia y San Gregorio de Polanco. La extensión territorial refleja una comunidad que, pese a la distancia, ha encontrado formas de mantenerse unida.
La diversidad como fundamento de la identidad
Uno de los rasgos que Arbiza considera esenciales es la diversidad del grupo. Sus integrantes tienen distintas edades, situaciones familiares, ocupaciones y maneras de relacionarse con la Iglesia. Hay hombres casados, separados, solteros y personas con diferentes orientaciones afectivas. Algunos mantienen vínculos con comunidades religiosas; otros prefieren mantenerse alejados.
Esa pluralidad explica, precisamente, la elección del nombre. Para Arbiza, la expresión «excuras» permite reconocer una experiencia compartida sin imponer una identidad actual ni una manera determinada de interpretar el pasado.
No todos se consideran sacerdotes en el presente, aunque algunos entienden que la formación y la vocación recibidas forman parte de su identidad para toda la vida. Otros sienten que esa etapa quedó atrás y han construido su existencia al margen de la institución religiosa.
El grupo procura respetar todas esas posiciones. «Nuestra diversidad es nuestra unidad», resume Arbiza al explicar una de las convicciones que sostienen la convivencia.
El desafío de comenzar de nuevo
Dejar el sacerdocio implica mucho más que abandonar una función religiosa. Para algunos, significa reorganizar su vida profesional, encontrar empleo, formar una familia y adaptarse a una realidad para la que la formación recibida no siempre ofrece herramientas suficientes.
Arbiza conoce ese proceso desde su propia experiencia. Después de dejar el ministerio, estudió profesorado de Filosofía y Psicología y desarrolló una carrera docente que lo llevó a trabajar durante casi 25 años en la educación pública.
Sin embargo, reconoce que otros compañeros han tenido mayores dificultades para insertarse laboralmente. Algunos se desempeñaron como choferes, mecánicos o trabajadores de empresas; otros encontraron oportunidades en la docencia, las organizaciones sociales y distintos ámbitos profesionales.
La formación sacerdotal puede ser sólida, explica, pero no siempre se traduce fácilmente en competencias reconocidas por el mercado laboral. Quienes dejan la Iglesia a edades relativamente tempranas pueden encontrarse, además, con responsabilidades familiares y económicas que hacen más compleja la transición.
Por eso, el acompañamiento constituye una de las tareas centrales del grupo. Arbiza recuerda el caso de un compañero que, tras dejar el sacerdocio, sobrevivía realizando trabajos ocasionales hasta que un contacto facilitado por otro integrante le permitió conseguir empleo.
La solidaridad también se expresa en el apoyo durante enfermedades, internaciones y fallecimientos. A lo largo de la década, el grupo ha acompañado a compañeros y familiares en momentos difíciles, fortaleciendo una relación que va más allá de las reuniones periódicas.
La fraternidad frente a los prejuicios
La salida del sacerdocio tampoco está exenta de tensiones con la institución religiosa y con parte de las comunidades. Mientras algunos mantienen amistades y vínculos con personas de la Iglesia, otros han experimentado distanciamiento e incluso rechazo.
Arbiza sostiene que todavía existen prejuicios y juicios apresurados sobre quienes deciden abandonar el ministerio. En ocasiones, señala, la decisión se interpreta como una traición o se supone que detrás de ella hubo algún problema disciplinario.
Sin embargo, las razones son diversas y personales. En su caso, la experiencia fue clara: se enamoró y decidió construir una vida en pareja. «No puedo vivir una doble vida y me voy», recuerda al explicar una elección que le permitió formar una familia con su esposa y tener dos hijos.
Para él, es importante distinguir entre la persona y la función que desempeñaba. Haber sido sacerdote no significa que los valores, la capacidad de compromiso o el respeto hacia los demás desaparezcan al dejar el ministerio.
También cuestiona las miradas que reducen la experiencia familiar a un único modelo. Las trayectorias de los integrantes muestran que las relaciones afectivas y las formas de organizar la vida pueden ser diferentes, sin que ello elimine la posibilidad de construir vínculos sólidos.
En ese sentido, Arbiza plantea una reflexión que trasciende el ámbito religioso: las decisiones difíciles, las dudas y los cambios de rumbo también forman parte de la vida de quienes permanecen dentro de la Iglesia o de cualquier otra institución.
Una historia que continúa
La experiencia del grupo incluye historias que abarcan varias generaciones. Arbiza recuerda especialmente a un compañero de 98 años, conocido afectuosamente como «el cardenal», que dejó el sacerdocio, formó una familia y continúa siendo una presencia apreciada en los encuentros.
También menciona a antiguos sacerdotes que desarrollaron su vida laboral y familiar en el exterior, y cuyas experiencias estuvieron atravesadas por acontecimientos históricos y compromisos sociales.
Esas trayectorias enriquecen las conversaciones y permiten comprender que no existe una única manera de reconstruir la vida después del sacerdocio.
Al mirar hacia atrás, Arbiza destaca que la consolidación del grupo no fue inmediata. Requirió tiempo, disposición para escuchar y voluntad de superar el individualismo. La fraternidad, afirma, se aprende cuando las personas descubren que compartir las dificultades y los logros hace posible atravesarlos de otra manera.