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Si algo le faltaba a este gobierno para confirmar la imagen de improvisación que viene proyectando desde su instalación, era el bochornoso episodio de la Biblioteca Nacional. Lo ocurrido no es un simple error administrativo ni una desprolijidad menor. Es una demostración alarmante de incompetencia, descoordinación y falta de liderazgo en los más altos niveles del Estado.

FUE UN ERROR

La secuencia de los hechos resulta tan insólita como preocupante. Presidencia de la República anunció con bombos y platillos una transformación de la Biblioteca Nacional que implicaba una inversión de 20 millones de dólares. El anuncio fue presentado oficialmente ante la ciudadanía, generando expectativas y ocupando titulares. Sin embargo, apenas horas después, el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Rodrigo Arim, salió a afirmar que esos recursos no estaban asignados y que todo se había debido a un “error de comunicación”. ¿Error de comunicación? Cuando se habla de 20 millones de dólares no se trata de una coma mal puesta ni de una cifra confundida en una planilla. Se trata de una suma enorme de dinero público. Es imposible aceptar que un anuncio de semejante magnitud llegue a conocimiento de la ciudadanía sin haber sido previamente coordinado entre Presidencia, el Ministerio de Economía, la OPP y las autoridades involucradas.

VERDADERAMENTE GRAVE

Lo verdaderamente grave no es solamente el error. Lo grave es que una vez más queda expuesta una administración donde nadie parece saber qué hace el otro, donde los organismos se contradicen públicamente y donde los jerarcas se desmienten entre sí sin el menor pudor. La pregunta surge inevitablemente: ¿quién gobierna realmente? ¿La Presidencia de la República o la OPP? Porque si Presidencia anuncia una inversión y luego un director de oficina sale a decir que no existe, alguien está mintiendo o alguien no tiene autoridad. Ambas posibilidades son igualmente inquietantes. Más preocupante aún es el silencio del presidente Yamandú Orsi frente a estas situaciones recurrentes. La autoridad presidencial no puede quedar permanentemente sometida a cuestionamientos de sus propios subordinados. Cuando un jerarca contradice públicamente un anuncio oficial de Presidencia, lo que está en juego no es solamente una obra o una partida presupuestal. Lo que se erosiona es la credibilidad de la máxima institución del país.

¿QUIÉN MANDA?

Los ciudadanos tienen derecho a saber quién toma las decisiones y quién asume las responsabilidades. Lo que no pueden aceptar es asistir diariamente a un espectáculo de contradicciones, rectificaciones y aclaraciones posteriores. Gobernar no consiste en anunciar primero y averiguar después si hay dinero disponible. Las críticas formuladas desde la oposición reflejan una indignación que muchos uruguayos comparten. Porque mientras el país enfrenta desafíos urgentes en materia de seguridad, empleo, educación y desarrollo, el gobierno parece consumir sus energías en una sucesión interminable de papelones administrativos.

ES UN ICEBERG

El episodio de la Biblioteca Nacional es apenas la punta de un iceberg mucho más profundo: la ausencia de coordinación, planificación y profesionalismo en la gestión pública. Ninguna organización seria funciona de esta manera. Ninguna empresa, ningún comercio, ninguna institución responsable anunciaría inversiones millonarias para luego admitir que los fondos nunca existieron. La explicación oficial no corrige el problema; lo agrava. Porque si efectivamente fue un error de comunicación, estamos frente a una alarmante incapacidad de gestión. Y si no lo fue, entonces estamos frente a algo todavía peor.

MÁS RESPETO

Los uruguayos merecen respeto. Merecen información veraz. Merecen autoridades que hablen con una sola voz y que conozcan exactamente aquello que anuncian. Lo ocurrido con la Biblioteca Nacional constituye un nuevo golpe a la confianza pública y una evidencia más de que la improvisación se ha convertido en una preocupante marca de fábrica de esta administración. Cuando los anuncios oficiales son desmentidos por el propio gobierno al día siguiente, cuando nadie parece hacerse responsable y cuando la Presidencia queda desautorizada por sus propios jerarcas, resulta difícil encontrar una definición más precisa para describir la situación. Como dijeron algunos legisladores de la oposición, y a la luz de los hechos, la expresión parece inevitable: son una murga.

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