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En la vida política  hay personajes que parecen tener un don especial: aparecen en todos lados. No importa si se trata de un convenio colectivo, un juicio por ceses, una asesoría para la Intendencia o un consejo para el sindicato. De una u otra forma, siempre están ahí presentes. Es como si tuvieran el mapa completo de la ciudad y supieran exactamente en qué puerta tocar en cada momento. Lo más curioso es que lo hacen con la mayor naturalidad, como si no hubiera nada raro en cambiar de un papel a otro sin despeinarse. Un día están ayudando a armar la receta y al otro certifican que la torta salió riquísima. Legal, legítimo, profesional... pero también digno de un dibujo animado.

A mí me pasa algo particular: vi a uno de ellos defendiendo a la Intendencia en audiencias, con argumentos firmes y traje impecable. Después, lo vi sentado como asesor en la cocina de los convenios colectivos, siendo parte del armado. Y ahora, tras la pérdida del gobierno, lo anuncian como defensor de los trabajadores que fueron beneficiados por esos mismos convenios. ¿No es maravilloso? Es como ver una serie donde el mismo actor interpreta a todos los personajes.

Esta escena recuerda al viejo Droopy, ese perro caricaturesco que siempre aparecía tranquilo, con cara seria, aunque la acción a su alrededor fuera frenética. El villano abría la puerta y allí estaba Droopy, sereno, diciendo como quien no quiere la cosa: “Hola, yo estoy aquí”. En la política local también tenemos nuestro propio Droopy, capaz de estar en todas las discusiones, comisiones y bandos, siempre con la misma calma inmutable.

Lo admirable es la habilidad que se necesita para moverse con tanta facilidad entre escenarios tan distintos. Eso requiere oficio, conocimiento y, sobre todo, paciencia. Y aunque algunos levanten la ceja, al final nadie puede negar que su presencia es casi un sello de garantía. Su aparición indica que la cosa es importante.

Entonces, más que una crítica severa, lo que queda es una sonrisa. Porque cada vez que lo vemos en un lugar nuevo, la pregunta que nos sale es la misma: “¿Y vos acá también?”. Y la respuesta, como en el dibujito, parece ser siempre un sereno y calmado: “Sí, aquí estoy”.

Este fenómeno no es solo una curiosidad. Es un ejemplo claro de cómo la política y los procesos administrativos funcionan en la práctica. Cambiar de un rol a otro no siempre es un problema legal o ético, sino que refleja cómo los actores políticos y técnicos aplican su conocimiento y experiencia en distintos contextos, muchas veces con posiciones que parecen contradictorias, pero que están dentro del marco legal.

Sin embargo, esta realidad invita también a reflexionar sobre la importancia de la transparencia y la claridad en la gestión pública. Que alguien pueda estar en múltiples posiciones debe ir acompañado de reglas claras que eviten conflictos de interés o confusiones para quienes dependencia de esas decisiones.

Porque, al fin y al cabo, lo más importante es que las instituciones funcionen para el bien común, que los acuerdos sean justos y que los procesos sean claros y legítimos. Que ninguno se transforme en un dibujo animado, sino en actores responsables que puedan devolverle a la ciudadanía confianza y resultados.


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