Cuando el Estado pesa demasiado, la inversión y el trabajo se van
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Por José Pedro Cardozo
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Uruguay enfrenta desde hace años un problema estructural que los gobiernos han preferido administrar antes que resolver: la crisis persistente del empleo. No se trata de un fenómeno coyuntural ni de un simple ciclo económico adverso. Es una situación que se ha vuelto crónica, con señales preocupantes de agravamiento en un contexto donde la inversión comienza a retraerse y la confianza empresarial muestra signos de deterioro.
En las últimas semanas han comenzado a multiplicarse las advertencias desde distintos ámbitos del sector productivo. Inversores y empresarios observan con creciente inquietud el rumbo de la política fiscal y tributaria, particularmente la insistencia en avanzar sobre las ganancias generadas por capitales que invierten en el país. El mensaje que muchos interpretan es claro: producir, invertir y asumir riesgos en Uruguay podría resultar cada vez menos atractivo.
La consecuencia de ese clima es conocida en cualquier economía abierta: cuando el capital percibe incertidumbre o presión excesiva, busca otros destinos. Y cuando la inversión se retrae, el impacto no tarda en trasladarse al mercado laboral. Menos proyectos, menos expansión empresarial y menos oportunidades de empleo.
Sin embargo, lo más preocupante no es únicamente el efecto económico inmediato, sino la aparente desconexión entre estas señales y las decisiones del sistema político. Mientras desde el sector productivo se reclama previsibilidad, moderación fiscal y estímulos a la actividad, el Estado continúa expandiendo su gasto como si los recursos fueran inagotables.
El problema no es solo cuánto gasta el Estado, sino cómo y con qué responsabilidad lo hace. Uruguay mantiene una estructura pública pesada, con niveles de gasto que crecen con más facilidad que la economía real que debe sostenerlos. A esto se suman privilegios difíciles de justificar ante la ciudadanía, como los elevados salarios del sistema político o la permanencia de pensiones reparatorias que incluso llegan a ser hereditarias para personas que nunca aportaron al sistema. Mientras tanto, muchos trabajadores que sí contribuyeron durante décadas terminan accediendo a jubilaciones mínimas que apenas alcanzan para vivir.
Cada nuevo compromiso presupuestal termina trasladándose, tarde o temprano, a mayores impuestos o a una presión creciente sobre quienes producen. Y ese peso, en definitiva, recae sobre empresas, emprendedores y trabajadores que sostienen la actividad económica del país.
En ese escenario, los emprendedores —desde el pequeño comerciante hasta el inversor que evalúa instalar una empresa— se enfrentan a una ecuación cada vez más difícil. Deben lidiar con costos elevados, regulaciones complejas, incertidumbre tributaria y un entorno donde el Estado parece exigir cada vez más, mientras ofrece cada vez menos certezas.
Lo paradójico es que en el discurso político el empleo suele ocupar un lugar central. Se habla de trabajo, de oportunidades y de desarrollo. Pero en la práctica muchas de las decisiones que se adoptan terminan afectando justamente a quienes generan esas oportunidades.
El empleo no nace de decretos ni de discursos. Surge cuando existen condiciones para invertir, innovar y producir. Surge cuando el riesgo empresarial encuentra un marco de reglas claras y previsibles. Y surge, sobre todo, cuando el Estado entiende que su papel no es asfixiar la actividad económica, sino acompañarla.
Hoy, sin embargo, parece persistir una incomprensión profunda sobre el esfuerzo cotidiano de quienes sostienen la economía real. Para miles de pequeñas y medianas empresas, así como para emprendedores que intentan abrirse camino, la sensación dominante es que buena parte del sistema político vive en una realidad paralela.
Mientras se discuten nuevas estructuras burocráticas, más organismos o mayores compromisos de gasto público, en la calle la preocupación es mucho más concreta: cómo mantener un negocio abierto, cómo pagar salarios, cómo sostener una actividad que cada vez enfrenta más obstáculos.
Si el país no corrige ese rumbo, el riesgo es claro. La salida de inversiones, el enfriamiento de la actividad y la pérdida de empleos pueden transformarse en un círculo difícil de revertir.
Uruguay siempre ha destacado por su estabilidad institucional y su seriedad económica. Pero esas virtudes no son eternas ni automáticas. Requieren responsabilidad política, comprensión de la realidad productiva y, sobre todo, la voluntad de entender que sin inversión no hay crecimiento y sin crecimiento no hay trabajo.
Y sin trabajo, ninguna sociedad puede sostener su futuro.