Cuando el petróleo deja de ser la explicación
-
Por Jose Pedro Cardozo
/
director@laprensa.com.uy
En los últimos días, una idea se repitió en análisis rápidos, ya en informes de la tv como en columnas en medios escritos: Estados Unidos intervino Venezuela por petróleo. La explicación es simple, casi automática, y por eso mismo tranquilizadora. Pero analistas políticos internacionales, tienen una mirada distinta, que más allá de compartirla o no, creemos que es de orden, conocerla y por eso, la compartimos.
Primero que nada, apuntan que quien insiste en ver solo petróleo no está entendiendo el siglo en el que vivimos ni el tipo de guerra que ya comenzó. Apuntan que el mundo atraviesa hoy, el mayor nivel de conflictividad desde la Segunda Guerra Mundial. Hay más de 170 conflictos activos, guerras abiertas como Ucrania, Gaza o Sudán, y decenas de enfrentamientos de baja intensidad que, en conjunto, afectan a millones de personas y redibujan el tablero global. En ese contexto, pensar que el 3 de enero de 2026 “comenzó una guerra” en Venezuela es no comprender la naturaleza del hecho. Lo que se activó no fue una guerra clásica, sino una doctrina: la respuesta anticipada frente a una amenaza compuesta. La clave está allí. Estados Unidos ya no mide el riesgo solo por intenciones declaradas, sino por ensamblajes estratégicos. Cuando varias potencias hostiles operan de forma coordinada dentro de un mismo territorio, el problema no es la suma de presencias, sino la sinergia que producen. Venezuela dejó de ser un Estado fallido para convertirse, según miradas analíticas, en una plataforma funcional de intereses convergentes.
China avanzó en el control de minerales estratégicos, indispensables para sistemas de guiado, telecomunicaciones y armamento de nueva generación. Irán desarrolló capacidades industriales vinculadas a drones ofensivos en el Caribe. Rusia aportó sistemas de guerra electrónica, radares, entrenamiento en inteligencia y escudos antiaéreos. Cuba, por su parte, no fue un actor secundario: infiltró desde hace años el aparato militar y de seguridad venezolano, convirtiéndose en el núcleo del contraespionaje, la lealtad interna y la represión política. No era influencia. Era arquitectura de guerra. Desde 2023, el Pentágono reformuló su doctrina de seguridad. Ya no se espera a que el primer proyectil sea disparado. Si un país controla los minerales, otro fabrica los misiles, otro aporta la inteligencia y otro asegura la cadena de mando, la amenaza ya existe. No hace falta una declaración formal de guerra cuando la capacidad instalada supera los umbrales de riesgo. Y eso fue lo que ocurrió en Venezuela, a menos de 2.000 kilómetros del Comando Sur estadounidense. Por eso el objetivo no fueron refinerías ni pozos petroleros. Si se golpearon nodos de telecomunicaciones, centros de comando conjunto, radares y plantas vinculadas a sistemas no tripulados. No fue una intervención clásica. Fue una neutralización estratégica.
La desarticulación de una infraestructura diseñada para operar sin banderas visibles, pero con propósitos claros. Aquí aparece un error recurrente del análisis superficial: declarar muerta a la Doctrina Monroe. En realidad, no desapareció; mutó. Hoy se expresa en conceptos como disuasión anticipada, soberanía hemisférica y control de amenazas integradas. El principio rector sigue intacto: el hemisferio occidental no es zona de operación para regímenes militares hostiles coordinados desde Asia o desde un Caribe alineado con lógicas autoritarias. Cuba, en este esquema, no fue espectadora. Fue el muro interno. Los encargados de custodiar al poder no eran mayoritariamente soldados venezolanos, sino cuadros formados y obedientes a La Habana. Y eso no era un secreto para los estrategas estadounidenses. Lo ocurrido no fue una acción aislada ni improvisada: fue una advertencia global. El mensaje es claro y trasciende a Venezuela: no se tolerará el ensamblaje de amenazas compuestas en la región. Serán desmanteladas antes de que disparen. Esa es la nueva gramática de la seguridad continental. Y para entenderla, no alcanza con mirar el barril de petróleo. Hay que mirar los mapas de riesgo. Y, sobre todo, el tipo de guerra que ya está en marcha.
Comentarios potenciados por CComment