El desafío de encontrar el equilibrio
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Por Jose Pedro Cardozo
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La reciente interpelación al ministro de Economía, Gabriel Oddone, dejó una conclusión que ya era conocida antes de que comenzara el debate: difícilmente se produciran cambios políticos concretos. La mayoría oficialista en el Senado garantizaba de antemano el respaldo al equipo económico y a las medidas adoptadas por el gobierno. Sin embargo, más allá del resultado parlamentario, la instancia sirvió para exponer dos visiones claramente contrapuestas sobre la situación económica del país.
Desde la oposición se planteó un panorama preocupante. Se habló de un exceso de gasto público, de señales de desaceleración económica, de un mercado laboral que muestra dificultades y de riesgos crecientes para el equilibrio fiscal. La advertencia apunta a que el Estado podría estar recorriendo un camino peligroso si continúa aumentando compromisos de gasto en un contexto internacional incierto y con una economía que no exhibe tasas de crecimiento particularmente robustas.
Del otro lado, el oficialismo defendió con firmeza su gestión. Los argumentos presentados por el ministro Oddone y su equipo estuvieron centrados en indicadores que consideran positivos: recuperación del salario real, descenso del desempleo, control de la inflación y una economía que, pese a las dificultades regionales y globales, mantiene niveles razonables de estabilidad. Para el gobierno, la estrategia económica aplicada hasta el momento es la adecuada y los resultados comienzan a reflejarse en la vida cotidiana de la población.
Pero quizás el aspecto más interesante del debate no estuvo en las cifras ni en las acusaciones cruzadas, sino en un concepto que el propio ministro puso sobre la mesa: el riesgo de una austeridad excesiva. Oddone sostuvo que una política fiscal demasiado restrictiva puede terminar provocando el efecto contrario al buscado, enfriando la actividad económica y empujando al país hacia una fase recesiva.
La reflexión remite inevitablemente a una experiencia internacional ampliamente discutida. Durante la crisis financiera europea de 2008 y los años posteriores, el expresidente del Gobierno español, Felipe González, popularizó el término “austericidio”. Con esa expresión cuestionaba las severas restricciones presupuestales impulsadas por la Unión Europea como respuesta a la crisis de Grecia y otros países del bloque. González advertía que una austeridad llevada al extremo podía terminar destruyendo empleo, frenando inversiones y debilitando la cohesión social.
Naturalmente, nadie discute la necesidad de una administración responsable de las cuentas públicas. El propio González diferenciaba entre una austeridad razonable y el austericidio. El problema aparece cuando el ajuste se transforma en un fin en sí mismo y no en una herramienta para alcanzar objetivos más amplios de desarrollo y bienestar.
Es precisamente allí donde surge un concepto que durante años defendió el exministro Danilo Astori y que mantiene plena vigencia: la calidad del gasto público. La discusión no debería limitarse exclusivamente a cuánto gasta el Estado, sino también a cómo gasta. Un gasto eficiente, bien dirigido y evaluado permanentemente puede generar crecimiento, mejorar servicios y fortalecer la competitividad. Por el contrario, un gasto mal asignado termina convirtiéndose en una carga para toda la sociedad.
La próxima Rendición de Cuentas ofrecerá una oportunidad para profundizar esta discusión. Los márgenes para nuevos incrementos presupuestales parecen ser reducidos, por lo que la revisión de partidas y prioridades será fundamental. Más que una disputa ideológica entre gastar o ahorrar, el verdadero desafío consiste en garantizar que cada peso invertido contribuya efectivamente al cumplimiento de los objetivos planteados.
En definitiva, Uruguay necesita evitar tanto el despilfarro como el austericidio. Entre ambos extremos existe un camino de responsabilidad, eficiencia y calidad del gasto. Encontrarlo será una de las principales tareas de la política económica en los próximos años.