La inseguridad, las encuestas y la realidad
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Por José Pedro Cardozo
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El debate sobre la inseguridad en Uruguay vuelve a instalarse con fuerza, una vez más, en medio de cifras oficiales que buscan transmitir señales de mejora y una percepción ciudadana que, en muchos casos, va en sentido contrario. La reciente presentación de datos por parte del ministro del Interior, Carlos Negro, en el marco de su interpelación en el Senado, dejó en evidencia esa tensión persistente entre estadísticas y realidad cotidiana.
Según el jerarca, los indicadores del primer trimestre de 2026 muestran una baja generalizada de los delitos. Habló de un descenso del 9,2% en los homicidios, calificándolo como histórico, además de reducciones significativas en femicidios y abigeato. El mensaje fue claro: Uruguay estaría comenzando a dejar atrás lo que definió como una “pandemia de la inseguridad”.
Sin embargo, el problema no radica únicamente en los números, sino en la credibilidad que estos generan en la ciudadanía. Porque mientras se anuncian mejoras, los hechos del día a día parecen contar otra historia. Episodios de violencia, rapiñas y homicidios continúan ocupando espacios en la agenda informativa, alimentando una sensación de vulnerabilidad que difícilmente pueda revertirse solo con estadísticas.
Montevideo, en particular, refleja con crudeza esta contradicción. La persistencia de conflictos vinculados al narcotráfico, los robos bajo la modalidad “piraña” y situaciones inéditas —como la ocupación de espacios públicos por grupos numerosos que actúan con impunidad— configuran un escenario preocupante. A esto se suma el incremento de delitos menores, como arrebatos, que impactan directamente en la vida cotidiana y en la percepción de seguridad.
Pero el fenómeno no se limita a la capital. En el interior del país, ciudades como Salto también evidencian un deterioro en materia de seguridad. Robos frecuentes, hechos violentos y un aumento de personas lesionadas en incidentes que no se denuncian, en los que se piden no actúe la policía, marcan un cambio respecto a años anteriores, cuando estos episodios no tenían la misma recurrencia.
En este contexto, la interpelación parlamentaria aparece más como un trámite político que como una instancia efectiva de rendición de cuentas. Con mayorías definidas, el resultado estaba previsto de antemano, lo que refuerza la sensación de que el problema de la inseguridad sigue sin encontrar respuestas de fondo.
El punto central, entonces, no es negar la validez de los datos oficiales, sino reconocer que las estadísticas, por sí solas, no alcanzan para describir la complejidad del fenómeno. La seguridad es, ante todo, una experiencia cotidiana. Y cuando la ciudadanía percibe que debe modificar sus hábitos, restringir su movilidad o vivir con temor, esa realidad pesa tanto o más que cualquier indicador.
Uruguay enfrenta así un desafío clave: reconstruir la confianza. Para ello, no basta con mostrar cifras alentadoras; es necesario que esas cifras se traduzcan en cambios concretos y perceptibles en la vida de las personas. Mientras esa brecha entre números y realidad persista, la inseguridad seguirá siendo, más que un dato, una preocupación constante.