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Las palabras del subsecretario de Economía, Alejandro Vallcorba, no fueron un desliz ni un comentario imprudente. Fue la radiografía de un partido atrapado en sus propias contradicciones y el reconocimiento brutal de que buena parte de lo prometido en campaña jamás fue posible. La confesión tiene doble filo. Por un lado, hiere profundamente a la militancia que creyó y defendió esas propuestas. Por otro, golpea de lleno la credibilidad en la izquierda, que se muestra dispuesta a inflar expectativas para ganar elecciones, aunque después la realidad se encargue de desmentirlas. La pregunta es inevitable: ¿por qué prometieron lo que sabían que no podían cumplir?

El daño no está solo en la inviabilidad de las medidas, sino en la deshonestidad con que fueron presentadas. Vallcorba reconoció que desde el propio congreso donde se aprobó el programa ya se sabía que la “fórmula” era inviable. Y aun así, el Frente Amplio eligió la vía fácil: dejar que la militancia se encargara de vender sueños mientras la dirigencia conocía de antemano el límite inquebrantable de las cuentas públicas. Se trató de una apuesta política que hoy se transforma en un bumerán.

Porque lo que ahora queda en evidencia es una fractura interna. De un lado, los militantes que aún creen que el programa es un mandato sagrado. Del otro, los dirigentes lo degradan a mera “guía” de orientación, admitiendo que buena parte de lo escrito jamás podrá aplicarse. Esta brecha, también envía un mensaje poco feliz a la ciudadanía: la política es un terreno donde se promete cualquier cosa con tal de llegar al poder, aunque luego haya que desdecirse en nombre del realismo económico.

La gravedad del asunto es mayor porque el contexto no ayuda. El gobierno llega al Presupuesto Nacional con una economía desacelerada, en un mundo tensionado por guerras comerciales y con la oposición atenta a cualquier traspié. En ese escenario, la confesión del sub secretario, es un misil contra la legitimidad del relato oficialista. No hay norte claro, no hay consensos internos, no hay una narrativa que sostenga las expectativas depositadas por los votantes.

El problema de fondo es que la lógica simplista  — esa de que “la plata de algún lado tiene que salir”— es la misma con la que el Frente Amplio edificó su campaña. Y es una lógica peligrosa: la que conduce a endeudamientos irresponsables, a parches fiscales o, en el peor de los casos, a experimentos ruinosos como los que hundieron a otros países de la región. Uruguay no está en esa senda, pero el hecho de que su fuerza política mayoritaria haya jugado con ese discurso es, en sí mismo, es preocupante.

Quizás haya llegado el momento de un sinceramiento profundo. Decir la verdad, aunque duela. Reconocer que muchas de las metas planteadas son inviables en el corto plazo y que la política responsable exige priorizar lo posible sobre lo deseable. Porque lo contrario —seguir alimentando utopías para después confesarlas inviables— no solo desgasta al gobierno de turno, también: erosiona la confianza en la política y en la propia democracia. Y esa factura, tarde o temprano, la pagamos todos y así se alienta a la llegada de outsider aventureros…

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