No queda sino batirnos
- Por el edil Facundo Esteche
Este año retomé la escritura. No sé bien por qué me había detenido, o si. Cada tanto quiero decir algo, pero naturalmente no siempre tengo algo para decir, lo cual considero sensato y sano, en contraposición a opinar de todo como regla, que lo siento como una irresponsabilidad y a veces hasta una precipitación innecesaria. El que se precipita, se precipita. Más en estos tiempos de sobreinformación en donde estamos sub-informados. Qué paradoja.
Pero este año volví a ojear la serie Las Aventuras del Capitán Alatriste de Don Arturo Pérez-Reverte y al leerlo me picó el bichito. La obra es una ilustración a toda pinta de la España del siglo XVII, imperial a toda costa, viviendo —o creyendo estar— en su siglo de oro pero aún así en declive, con sus amores y sus detractores, sus vicios, sus defectos y sus virtudes. Con un rey que era lo que era, el joven Felipe IV, que a Diego Alatriste y Tenorio no le agradaba, más bien lo desdeñaba, pero entendía que de todas formas era su rey y aún así le debía respeto. Era lo que le había tocado.
No queda sino batirnos
Una frase en particular me quedó dando vueltas. La pronuncia el poeta Francisco de Quevedo en uno de esos encuentros madrileños donde el alcohol tenía un lugar y de las tertulias salían versos, verdades y acero. “No queda sino batirnos — dijo Francisco de Quevedo.’’ Esa frase cobra otro peso cuando uno recuerda que el 31 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la Revolución del Quebracho. Porque aquellos jóvenes eligieron exactamente eso. Batirse.
Uruguay vivía bajo el autoritarismo de Máximo Santos. Un régimen que manipulaba instituciones, acallaba la prensa y preparaba su propia reelección sin disimulo. La respuesta fue una coalición inédita —colorados, blancos y constitucionalistas— que se organizó en el exilio de Buenos Aires y cruzó el río con convicciones y pocos caballos. Trescientos hombres, ciento cincuenta caballos. Del otro lado los esperaban cinco mil soldados de línea. Y lo sabían.
Jóvenes entusiastas e idealistas
Lo que se llamó la Generación del Quebracho no era un ejército. Era una generación entusiasta e idealista, pero no por eso inocente. Abogados recién recibidos, estudiantes, periodistas, hombres de ateneo. No era una revolución de partido, era una rebelión del legalismo contra el militarismo.
El líder natural de los jóvenes era Teófilo Gil —abogado, periodista, que contagiaba convicciones—. Murió el 31 de marzo de 1886. Sus restos permanecieron en el campo tres años, hasta ser trasladados a Montevideo. Hoy su cruz sigue en el Quebracho. Entre quienes combatieron estaba también un joven capitán de treinta años llamado José Batlle y Ordóñez. Con él, Juan Campisteguy y Claudio Williman. Tres futuros presidentes, ese día, en ese barro. Acá nomás.
Una derrota victoriosa
La revolución fue aplastada, perdió. Más de doscientos muertos, seiscientos prisioneros. Una derrota militar sin dudas. Y sin embargo Santos cayó meses después. La derrota más contundente del campo terminó siendo de las victorias más definitorias de la historia. Los vencidos ganaron el futuro, como muchas veces pasa en la historia, porque a veces perdiendo también se gana. Y esa generación que perdió la batalla construyó después el Uruguay reformista, el Uruguay moderno, el Uruguay batllista.
Hoy, como Colorado, me detengo a recordarlos. No para hacer museología partidaria, sino porque hay lecciones que no envejecen, la libertad tiene un costo, y siempre hubo quienes estuvieron dispuestos a pagarlo. Y que cuando enfrente hay tiranos, el único partido que queda es el de la dignidad, como decía Batlle y Ordóñez.