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La imagen no es de una gran metrópoli anónima. Es de Salto. Y cuando un medio de prensa enciende las alarmas por residuos desparramados en la vía pública, no estamos ante un hecho menor ni aislado. Estamos ante un síntoma de cuestiones que debemos analizar.

Bolsas abiertas, contenedores desbordados, restos esparcidos por el viento o por animales. La escena genera indignación inmediata y la reacción casi automática es buscar responsables externos: el camión que no pasó, la frecuencia insuficiente, la gestión municipal. Sin duda, el servicio de recolección debe ser eficiente y constante, sabemos que se trabaja para mejorar ese aspecto después de 10 años de decadencia. Pero reducir el problema exclusivamente a la órbita estatal es una simplificación peligrosa.

La basura en la calle no aparece por generación espontánea. Alguien la deposita fuera de horario. Alguien deja la bolsa mal cerrada. Alguien utiliza el contenedor como vertedero de residuos que no corresponden. Allí comienza el problema que tenemos en nuestra ciudad.

El espacio público es una extensión de nuestro hogar colectivo. Si no cuidaríamos nuestro living de esa manera, ¿por qué naturalizamos el deterioro de nuestra cuadra? La convivencia urbana se construye con normas formales, sí, pero también con hábitos culturales. Sin compromiso ciudadano, ningún sistema de limpieza es suficiente.

Cuando la mugre se vuelve paisaje habitual, el daño no es solo estético. Es sanitario, ambiental y social. Se afecta la calidad de vida, se generan focos de contaminación y se instala un mensaje silencioso de resignación: “esto es así”. Y esa resignación es el mayor riesgo.

La alarma que prenden las imágenes en redes o medios de prensa, no debe quedar en la polémica pasajera. Debe transformarse en reflexión colectiva. Exigir al Estado es legítimo. Cumplir como ciudadanos es imprescindible. No son responsabilidades excluyentes, son complementarias.

Salto merece espacios limpios, ordenados y cuidados. Pero ese estándar no se alcanza solo con más recursos materiales. Se alcanza con conciencia cívica. Con educación. Con ejemplo.

La basura no es solo un residuo. Es una señal. Y hoy la señal es clara: o asumimos la responsabilidad compartida, o seguiremos discutiendo frente a la misma postal, una y otra vez.  

Dr Gabriel Cartagena Sanguinetti. 
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