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La grave crisis del agua que atraviesa Irán se ha convertido en uno de los síntomas más evidentes del fracaso estructural de la Revolución Islámica, instaurada en 1979 tras la caída del sha Mohammad Reza Pahlevi y la llegada al poder del ayatolá Ruholá Jomeini. A casi 47 años del inicio de ese proceso, y bajo el férreo control del ayatolá Alí Hoseiní Jamenei, el régimen teocrático enfrenta una emergencia ambiental y humanitaria de enormes proporciones, consecuencia directa de décadas de mala gestión, prioridades ideológicas y desprecio por la sostenibilidad.

Irán es un país mayoritariamente semiárido, con un ecosistema frágil que requería políticas de cuidado y planificación a largo plazo. Sin embargo, el régimen concentró buena parte de sus recursos y esfuerzos en el desarrollo armamentista, especialmente en programas nucleares y de misiles, descuidando el abastecimiento de un recurso vital como el agua. Hoy, de los 84 millones de habitantes del país, solo unos 50 millones tienen acceso regular al agua potable, lo que ha provocado una migración forzada de más de 30 millones de personas dentro del territorio iraní.

Compleja situación en su capital Teherán

La situación es particularmente crítica en Teherán, una megaciudad de unos 10 millones de habitantes cuyo sistema de abastecimiento está al borde del colapso. El 70% de las reservas de agua subterránea del país se encuentran agotadas, lo que ha generado hundimientos del suelo que afectan viviendas, edificios e infraestructura. La magnitud del problema llevó incluso a que el presidente iraní sugiriera trasladar la capital hacia el sur del país, una idea tan extrema como costosa e inviable.

A esta crisis se suman políticas agrícolas erráticas, basadas en la idea de autosuficiencia alimentaria, que impulsaron cultivos altamente demandantes de agua —como sandías, arroz, alfalfa o remolacha— en zonas desérticas. Estas decisiones fueron acompañadas por una construcción indiscriminada de represas: más de 700 en total, muchas levantadas sin estudios adecuados.

Mientras la población se duplicó desde 1979, la capacidad hídrica del país quedó estancada. El resultado es una crisis que revela una teocracia más preocupada por su agenda ideológica y militar que por el bienestar de su propio pueblo.

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