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Si alguien todavía sostiene que la política uruguaya es aburrida, debería repasar los acontecimientos de la semana: filtraciones misteriosas, acusaciones cruzadas, papelones televisivos, estadísticas milagrosas sobre la pobreza y nuevas ideas para meter la mano en el bolsillo del contribuyente. ¡Qué país generoso! Aquí no hace falta Netflix.

La filtración que terminó haciendo agua

El video del allanamiento en la casa de un presunto narco, vinculado a una investigación que destapó una trama de presunto lavado de dinero, terminó convertido en una novela política. En el centro apareció el salteño Eduardo Preve, cuestionado por sus críticos por su supuesta cercanía con el oficialismo. Versiones de pasillo sugieren que la filtración habría generado molestias en ámbitos del Gobierno y alimentaron especulaciones sobre posibles responsabilidades. Ignacio «Nacho» Álvarez planteó sus propias hipótesis, mencionando al director de Inteligencia de Presidencia, Mario Layeira, y al exsenador Charles Carrera, en una trama donde también apareció el nacionalista Jorge Gandini. Por ahora, son versiones que necesitan pruebas. Pero la moraleja es deliciosa: cuando se juega demasiado con las filtraciones, nunca se sabe si terminarán limpiando la cancha propia o inundando el vestuario.

Una clase gratuita de diplomacia

En «Esta Boca es Mía», de Canal 12, el dirigente frenteamplista Mauricio Galeano protagonizó un áspero intercambio con el vicepresidente de El Salvador, quien respondió con serenidad. Valeria Ripoll expresó su vergüenza ajena. Hay dirigentes que confunden firmeza con agresividad y debate con competencia de gritos. Quizás convendría incorporar una materia obligatoria: «Cómo discutir sin hacer papelones internacionales».

Delgado, Da Silva y los buenos modales

Álvaro Delgado recibió comentarios favorables por su postura, mientras Sebastián Da Silva dejó sobre la mesa una verdad elemental: en política no alcanza con ser, también hay que parecer. Andrés Ojeda reclamó medidas ejemplarizantes frente a quienes abusan de la amistad o la confianza. La política no puede convertirse en un club de amigos donde las lealtades personales pesen más que las obligaciones públicas.

¡Noventa y cinco mil pobres menos! ¿Y dónde se festeja?

El Gobierno anunció que 95.000 uruguayos dejaron de ser pobres. Si refleja una mejora real, es una noticia para celebrar. Pero surgen preguntas: ¿cómo se logró en diez meses?, ¿cuánto mejoró el poder adquisitivo de esas familias?, ¿pueden pagar las cuentas y llenar la heladera? Salir de la pobreza estadística no significa necesariamente alcanzar la prosperidad. ¿Estarán preparando las valijas para el Caribe? Seguramente muchos celebrarán, con suerte, comprando medio kilo más de carne. Mientras tanto, la inseguridad, los homicidios y la preocupación ciudadana siguen reclamando respuestas. La estadística puede mejorar, pero la realidad no siempre recibe el memorándum.

¿Hay un problema social? ¡Aumentemos los impuestos!

La creatividad tributaria tampoco descansa. Se plantean nuevas cargas sobre los combustibles para aliviar el costo del gasoil y financiar el subsidio al boleto, especialmente el transporte montevideano. Y, como si fuera poco, surgió la idea de aumentar la patente para financiar iniciativas destinadas a convertir a los cuidacoches en emprendedores. La receta es extraordinaria: el ciudadano paga combustible, seguro, patente e impuestos, y todavía debe aportar más para soluciones que necesitan explicaciones concretas. ¿Por qué el primer recurso ante cada dificultad parece ser siempre sacarle más dinero al contribuyente? ¿Por qué el interior debe contribuir a financiar prioridades de Montevideo mientras el centralismo sigue tan campante? Todo se presenta en nombre de la solidaridad y el bienestar colectivo. Pero el dinero público tiene límites y los ciudadanos no son una fuente inagotable de recursos. En definitiva, entre filtraciones, papelones, milagros estadísticos y nuevas tasas, la política uruguaya ofrece material inagotable para la sátira. Lo preocupante es que, a veces, la realidad supera tanto a la caricatura que el humorista termina pareciendo demasiado serio.

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