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Hay que volver a aprender a esperar
Vivimos en la era de la inmediatez. Todo parece estar a un clic de distancia: información, entretenimiento, respuestas, consumo. En ese contexto, la espera dejó de ser una experiencia cotidiana para transformarse en una molestia intolerable. Sin embargo, la paciencia, esa capacidad de soportar la demora sin desesperar, no es innata. Se aprende. Y, como advertía Aristóteles, solo se consolida cuando se practica hasta convertirse en una “segunda naturaleza”, un hábito afirmado por la repetición de actos.
El problema es evidente: el medio actual no favorece ese aprendizaje. Pero cuando el ejercicio del hábito desaparece, la espera, cuando se impone por necesidad, se vuelve insoportable. El tránsito entre el deseo y el logro genera frustración, angustia y ansiedad. La ansiedad, precisamente, parece haberse convertido en uno de los males característicos de nuestra época.
Si bien se trata de un fenómeno global, en Uruguay la situación no pasa desapercibida. De acuerdo con opiniones de profesionales de la salud mental, alrededor de una cuarta parte de la población presenta síntomas de ansiedad o depresión. La incidencia es mayor entre jóvenes, mujeres y personas con menor nivel socioeconómico. No se trata de un dato menor: habla de una sociedad tensionada, acelerada y con escasa tolerancia a la frustración.
Los psicólogos advierten que la ansiedad puede adquirir características patológicas cuando genera un malestar excesivo y afecta la vida cotidiana: dormir mal, dificultades para comer, estudiar, trabajar o incluso compartir espacios sociales. Pero también existe una ansiedad menos visible, más silenciosa, que no paraliza del todo, pero desalienta. Una suerte de estado anímico permanente que erosiona la motivación y el bienestar.
Para Aristóteles, la paciencia, entendida como la capacidad de soportar demoras, dificultades e incluso penurias sin perder el control emocional, era una virtud central en la vida humana. Lejos de asociarla con la pasividad o la resignación, el filósofo la concebía como una forma de fortaleza interior. Es decir, desarrollar la capacidad de afrontar la adversidad sin dejarse dominar por la frustración o la desesperación. Saber esperar implicaba, para él, aceptar las frustraciones, aprender de ellas y seguir adelante. No era un obstáculo para la felicidad, sino una condición necesaria para alcanzarla.
Tal vez sea momento de recuperar esa mirada. La espera no es tiempo perdido. Es, en realidad, la forma primaria de la esperanza. Nuestra existencia se desarrolla en el tiempo, y el futuro es, por definición, incierto. Esperar es confiar en que algo puede llegar, aun sin garantías. La esperanza es espera con confianza.
Quizás, como individuos y como sociedad, deberíamos detenernos un momento y preguntarnos si no hemos olvidado algo esencial. La paciencia no es una debilidad del pasado: es una herramienta imprescindible para enfrentar el presente.