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En el campo del norte uruguayo hay una pesadilla que vuelve cada año, especialmente durante la época de parición ovina: las jaurías de perros que recorren los establecimientos y atacan las majadas. Los más vulnerables son los corderos recién nacidos, pero tampoco quedan a salvo las ovejas madres y hasta los carneros. A esto se suman otros depredadores, como zorros y caranchos, que aprovechan la indefensión de los animales más pequeños. Para el productor, el resultado es devastador. Detrás de cada animal perdido hay meses de trabajo, inversión y la expectativa de obtener un ingreso fundamental para sostener el establecimiento.

La gravedad de un problemática que azota al Norte Uruguayo

El problema adquiere especial gravedad en Salto y Artigas, donde la producción ovina tiene un peso significativo y los campos duros hacen de la oveja una alternativa productiva fundamental. Pero los ataques también se repiten en Paysandú, Tacuarembó y Rivera. Días atrás, en una colonia cercana a Salto, una jauría afectó a unos 95 ovinos: 43 murieron y el resto quedó con heridas y lesiones de distinta consideración. Se trata de un pequeño productor que había apostado al rubro ovino y que, en pocas horas, sufrió una verdadera sangría en su majada. No es un caso aislado. En la zona de Garibaldi, productores han sufrido ataques reiterados —por tercera o cuarta vez— con importantes pérdidas. Situaciones similares se repiten en diferentes puntos del departamento y del norte del país. El problema tiene además una dificultad particular: las jaurías se desplazan. Muchos de esos perros tienen dueño, pero son abandonados o dejados sueltos y terminan agrupándose, adquiriendo hábitos de caza y convirtiéndose en una amenaza permanente para el ganado.

Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿quién se hace cargo?

Uruguay cuenta con el Instituto Nacional de Bienestar Animal, dependiente del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. Sin embargo, la dimensión de la tarea contrasta con los recursos disponibles. El organismo cuenta con apenas ocho funcionarios: cinco destinados a la región metropolitana y solamente tres para el resto del país. Con esa estructura, se hace lo que se puede, pero no lo que se debería. No alcanza con crear una institución si luego no se le proporcionan los medios humanos, materiales y económicos necesarios para cumplir su función. Atender esta problemática requiere presencia territorial, capacidad de respuesta, seguimiento y coordinación con otras instituciones. También debería analizarse una participación más activa de la Policía Rural y de otros organismos estatales. No se trata de responsabilizar a los animales, sino de controlar a quienes los abandonan o dejan sueltos y evitar que la irresponsabilidad de unos pocos termine generando pérdidas enormes.

Torpedeando el buen momento para el rubro ovino

La situación es aún más preocupante porque el rubro ovino atraviesa un momento alentador. Después de años de crisis, la recuperación de la demanda y los mejores valores de la lana y la carne generan expectativas de crecimiento. Cada animal perdido por una jauría representa entonces mucho más que una pérdida individual: son ingresos que desaparecen y productores que pueden terminar preguntándose si vale la pena continuar. Si Bienestar Animal carece de recursos, habrá que dotarlo de ellos. Si las normas son insuficientes, deberán revisarse. Y si es necesario modificar su funcionamiento, el Parlamento tiene la responsabilidad de discutirlo. La oveja puede volver a ser protagonista del campo uruguayo. Pero para que eso ocurra, primero habrá que impedir que las jaurías conviertan cada temporada de parición en una temporada de pérdidas.

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