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El fallecimiento de un hombre de 57 años luego de realizarse una colonoscopía deja al descubierto una de las fallas más graves —y menos asumidas— del sistema de salud: la incapacidad de dar una respuesta rápida cuando existe la sospecha de una enfermedad potencialmente mortal, como el cáncer de colon. No se trata de un caso aislado ni de una situación excepcional. Se trata de una historia concreta, con nombre, familia y decisiones que llegaron tarde. Y, justamente por eso, merece ser analizada con seriedad y sin eufemismos.

Una espera difícil de justificar

Según el relato de sus familiares, el paciente presentaba síntomas claros que motivaron la indicación médica de una colonoscopía. Este estudio no es un trámite más. Es una herramienta clave para diagnosticar o descartar cáncer colorrectal, una enfermedad donde el tiempo es determinante. Sin embargo, en el hospital público donde se atendía, la fecha asignada para realizar el estudio era varias semanas después. Desde el punto de vista médico, esa demora resulta difícil de explicar. Cuando existe sospecha de cáncer, los tiempos deberían acortarse, no estirarse. Cada semana cuenta y cada día puede marcar la diferencia entre un tratamiento a tiempo y un desenlace irreversible.

Cuando el dinero decide

Ante la falta de una solución rápida por parte del hospital, la familia tomó una decisión forzada: pagar el estudio de forma particular. El costo fue de $10.900. No fue una elección cómoda ni planificada, sino una salida desesperada para no seguir esperando. Aquí aparece una falla estructural del sistema. En un modelo que se define como universal, integrado y basado en la necesidad, el acceso a un diagnóstico oncológico no debería depender del dinero disponible. Cuando una familia debe pagar para acelerar un estudio clave, el sistema deja de ser igualitario y empieza a discriminar.

La complicación y la respuesta tardía

La colonoscopía se realizó fuera del sistema público. Poco tiempo después, el paciente presentó una complicación grave: una perforación intestinal. Fue trasladado a un hospital, donde se confirmó la situación. En estos casos, la cirugía inmediata es fundamental. Sin embargo, la resolución no fue lo suficientemente rápida. A pesar de los intentos médicos, el hombre falleció tras un prolongado esfuerzo de reanimación. La muerte cerró una cadena de demoras que comenzó mucho antes del quirófano.

El problema empieza antes

Más allá de las causas clínicas finales, el punto crítico está claro: el sistema no respondió cuando todavía había margen para actuar. La sospecha de cáncer de colon exige circuitos rápidos, estudios prioritarios y decisiones ágiles. Nada de eso ocurrió a tiempo. Este caso contradice el discurso oficial que habla de poner al usuario en el centro del sistema de salud. En la práctica, el sistema demoró un estudio esencial, obligó a pagar para no esperar y reaccionó tarde ante una complicación grave.

Una pregunta que incomoda

En salud pública, las demoras no son neutras. No son simples problemas administrativos. Las demoras también matan, especialmente cuando se trata de cáncer. La pregunta queda abierta y es incómoda, pero necesaria: ¿cuántos diagnósticos llegan tarde porque el sistema no logra responder cuando más se lo necesita? Mientras esa pregunta no tenga respuesta, el riesgo no es abstracto. Tiene rostro, historia y familia. Y eso debería interpelarnos a todos.

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