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Días pasados, Estados Unidos capturó al narco-gobernante Nicolás Maduro y a su esposa. La repercusión mundial no se hizo esperar: el mundo se dividió entre aquellos que aplaudimos que se extirpara ese cáncer de Venezuela —quienes amamos la democracia y la libertad del individuo— y aquellos comprometidos y financiados por la dictadura chavista, sin soslayar a los intelectuales que abogan por discursos vacíos desde el living de sus residencias, levantando las banderas del no intervencionismo. Fácil, muy fácil para ellos: no tienen familiares desaparecidos, autoexiliados, detenidos en centros de tortura; viven con libertad y democracia en sus países, y con sueldos o jubilaciones dignas.

En Venezuela no se violó nada, porque el pueblo venezolano nada tenía: no tenía libertad, no tenía república, no tenía democracia, no tenía un gobierno legítimo, no tenía soberanía, no tenía la disponibilidad del petróleo ni de los minerales; tenía, sí, pobreza, cárcel, tortura y exilio.

En Venezuela no existía posibilidad alguna de salir de ese infierno de pobreza e indignidad individual y social. El diálogo había fracasado: no escucharon ni a la Iglesia, ni a los restantes líderes mundiales, ni a los organismos internacionales que intentaron mediar. Las elecciones fueron fraguadas alevosamente; las famosas actas lo demuestran. El pueblo no podía manifestarse so riesgo de ser encarcelado, desaparecido o ejecutado. No existía alternativa: la única que quedaba era la que venían aplicando todos los gobiernos, mirar para el costado y desear que pacíficamente se encontrara una salida a la crisis, lo cual significaba abandonar al pueblo de Venezuela a la peor de las miserias humanas.

Ahora Maduro no está, pero el Cartel de los Soles sigue íntegro; están Padrino López y Diosdado Cabello; están las brigadas revolucionarias, fuertemente armadas y financiadas por el Cartel de los Soles; están los Rodríguez, tan temerosos como el resto. Las preguntas que caben son: ¿es que algo cambió?, ¿hacia dónde va esta transición?, ¿será más de lo mismo?, ¿es un gatopardismo? Los hechos serán los que contesten estas interrogantes. Trump y su administración son impredecibles, y arriesgar un pronóstico es tirar una moneda al aire. De momento, aunque rechine, no se podía hacer mucho más. La alternativa es una confrontación bélica con el ejército venezolano, que aparentemente están evitando. No están dadas las condiciones para que asuman González Urrutia y María Corina Machado, no hasta que se decapite la cúpula militar.

Venezuela debe parar de sangrar. No solo por los venezolanos, sino por todos los pueblos que aún creen en la dignidad humana. Cada niño que emigró, cada madre que lloró a un hijo perdido, cada abuelo que murió lejos de su tierra, son la prueba viva del fracaso de las falsas revoluciones. La tragedia de Venezuela no es solo venezolana: es una herida abierta en la conciencia de América Latina.

Los pueblos no se resignan eternamente. Pueden ser sometidos, empobrecidos y silenciados durante años, pero la memoria del dolor termina convirtiéndose en fuerza. Y cuando eso ocurre, la historia vuelve a girar.

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