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La lógica indica que todo bien material se deprecia con el paso del tiempo. Un auto, cuanto más viejo, más uso tiene; cuanto más uso, menos valor debería tener. Sin embargo, para muchos propietarios de vehículos usados, esta lógica parece no aplicar cuando llega el momento de pagar impuestos, patentes.

El caso se repite, un vehículo con dos años de uso que este año paga más que el anterior, cuando lo razonable sería lo contrario. Pero no es una excepción. Autos con más de diez años de antigüedad también registran aumentos, pese a que su valor de mercado es cada vez menor.

Entonces surge la pregunta, ¿qué es exactamente lo que estamos pagando? Si el bien pierde valor, si el desgaste es evidente y si el mercado lo cotiza a la baja, ¿por qué el Estado lo valora al alza?

Para muchos contribuyentes, la sensación es clara, no se trata de una actualización justa, sino de un sistema que termina castigando al que ya tiene un vehículo viejo porque no puede cambiarlo por uno nuevo. La ecuación es simple, menos valor real, más carga fiscal.

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